Pbro. Lic. Juan Morre
En la primera Lectura, Moisés le enseña al Pueblo a ser agradecidos con Dios. Si prestamos atención vamos a ver que hay muchos elementos comunes con nuestra liturgia actual:
. La ofrenda presentada ante el sacerdote. Es el esfuerzo del trabajo, las primicias de nuestras realizaciones. Un modo de devolverle a Dios lo que Él nos ha dado primero a nosotros.
. La oración de memorial. Hace presente la historia de la salvación con el reconocimiento que Dios ha liberado a su Pueblo de la esclavitud. Este memorial recitado al modo de un Credo o símbolo de fe, no sólo recuerda el pasado sino que lo hace presente. Dios sigue siendo el Dios que libera y cura, el Dios de la Alianza.
. La adoración. El encuentro con Dios tiene que ser un encuentro de adoración, donde la criatura se reconoce pobre, indigente, necesitada y reconoce en Dios al único Señor capaz de liberarla. Adorar a Dios es reconocer que Él es Dios y que no hay ninguno más. Es reconocer nuestra propia miseria. Nada le añade nuestra adoración a Dios, pero sí a nosotros porque nos hace participar de su gloria. Como nos enseña san Ireneo “ Del mismo modo, el servir a Dios nada le añade a Dios, ni tiene Dios necesidad alguna de nuestra sumisión; es él, por el contrario, quien da la vida, la incorrupción y la gloria eterna a los que lo siguen y sirven, beneficiándolos por el hecho de seguirlo y servirlo, sin recibir de ellos beneficio alguno, ya que es en sí mismo rico, perfecto, sin que nada le falte. La razón, pues, por la que Dios desea que los hombres lo sirvan es su bondad y misericordia, por las que quiere beneficiar a los que perseveran en su servicio, pues, si Dios no necesita de nadie, el hombre, en cambio, necesita de la comunión con Dios.
En esto consiste la gloria del hombre, en perseverar y permanecer en el servicio de Dios” No adorar es creerse dios.
En la segunda Lectura San Pablo nos enseña el camino de la salvación que pasa por creer y dar testimonio de Jesús. No basta con solo creer, sino que es necesario dar testimonio. Lo que la Iglesia llama discípulo misionero de Jesucristo. Es por tanto necesario creer con el corazón y anunciar con los labios que Él es el Señor que ha resucitado de entre los muertos.
No alcanza con sólo decir “Señor, Señor”, si esa fe no va acompañada de obras. Tampoco las obras por sí mismas nos salvarán si no son manifestación de nuestra fe.
A vivir esta fe estamos llamados todos, ya no hay diferencia, dice San Pablo entre judíos y no judíos.
Hasta aquí vemos un rasgo común y esencial a la fe judeo cristiana. Es una fe comunitaria, que tiene como origen y fin al Dios Creador y Liberador. Que diviniza las realidades humanas elevando nuestro trabajo hacia el Cielo y que reconoce a Dios como el único Dios y objeto de nuestra adoración.
Hay personas que dicen “yo creo en Dios a mi manera” o “yo creo en Dios pero no en la Iglesia” o “yo rezo a mi manera”. Este pecado es fruto del relativismo en el que hemos caído, todo da igual. Es el cambalache del que ya nos habló Discépolo. El relativismo, tan denunciado por el Papa, es la ideología que nos hace creer que todo está bien si nos hace sentir bien. Eso conduce al subjetivismo. Ya no hay normas comunes fundadas en la ley natural sino que cada uno hace lo que “siente” lo que cree mejor sin escuchar la voz de Dios ni la voz de los hermanos. Se han creado teologías y doctrinas personales para justificar la falta de fe y de compromiso serio con Dios. Este camino, que lamentablemente muchos han elegido para sí y para sus hijos, conduce necesariamente a la esclavitud y a la muerte. Este subjetivismo lleva al egoísmo y la manifestación más clara es decir “Dios me salvará a mí a mi manera”. ¡Qué tristeza produce el ver a tantos padres, o responsables de otros, que se ocupan sólo de su salvación y no invitan u obligan a sus hijos a adorar a Dios como Él desea ser adorado! Siempre pienso en aquellas palabras de Jesús: “el que come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá la Vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”. ¿Qué fe tienen esos padres que no se afanan porque sus hijos se alimenten de este Pan y este Vino?
En el Evangelio Lucas nos relata las tentaciones de Jesús en el desierto.
La tentación es algo que puede venir de nuestro interior, en donde dice Jesús nace el pecado y la maldad. Así es el egoísmo, la envidia, los pensamientos y deseos impuros, los adulterios, la maldad, la infidelidad, la deslealtad. Pero puede provenir también desde el exterior, como es en el caso de las tentaciones que debió padecer Jesús.
Así de dentro y de fuera buscan separarnos de Dios, de sus proyectos, de sus caminos. Es como cuando alguien que se dice nuestro amigo nos habla mal de otro para que nos separemos. Pero hay una voz más fuerte, más firme, que puede vencer esas otras voces si disponemos el corazón para escucharla. Hace falta tener un oído muy fino, un silencio atento, un corazón dócil.
Siguiendo el mensaje cuaresmal que iniciamos el miércoles de Ceniza podríamos decir que Jesús, que es la Belleza, se enfrenta al demonio, que es la fealdad personificada. El demonio quiere apartarlo de Dios y lo prueba poniendo en tela de juicio la filiación divina de Jesús “si eres el Hijo de Dios…”. Quiere que Jesús renuncie a la Belleza por un poco de pan. Así sucede con los que se han olvidado de Dios por tener algo más. Se han dejado seducir por el demonio que les ofrece bienes materiales. Son los que dicen “yo creo en Dios pero tengo que trabajar. No puedo ir a Misa porque estas obligaciones me lo impiden” Estas personas se han dejado seducir por el demonio. Cuando hay algo o alguien que sea más importante que Dios, tengan por seguro que han caído en las garras del demonio.
En al segunda tentación el demonio quiere que Jesús lo adore a cambio de todos los reinos que se ven desde la altura. ¡Cuántas veces el poder pierde a las personas! El poder debe ser servicio, no opresión. Estamos acostumbrados a un poder egoísta que sólo busca su propio bien. Eso es demoníaco, sea quien sea el que lo ejerza. El Papa nos habla de la Justicia de Dios que es Jesucristo, Él es la justicia de Dios para nosotros, Él ha pagado el precio de nuestro rescate. Cuando el poder se corrompe nos aleja de la justicia divina. Cuando somos corruptos en nuestras relaciones comerciales, en nuestro trabajo, con nuestros compañeros o empleados, nos hemos dejado seducir por el demonio y hemos caído en su trampa.
La última tentación es quizás la peor de todas porque como dice Jesús “no tentarás al Señor tu Dios”. A veces tentamos a Dios poniéndonos al límite de la insolencia. Así obran quienes dicen “hago lo que quiero total Dios me va a perdonar” y no reconocen nunca su pecado. Es la tentación en la que han caído quienes se han hecho normas propias y no quieren obedecer a Dios y a la Iglesia.
Hermanos, Jesús nos muestra que hay dos caminos. Para seguir el suyo contamos con su gracia que nos da en la Palabra y los Sacramentos. “Tú eres mi Dios y en Ti confío”. Ese es el único camino que nos conduce a la Belleza, al Bien y a la Verdad. El otro camino nos lleva a la esclavitud, al encierro en nosotros mismos y a la muerte eterna. Cada uno sabrá cuál elige.
El que tenga oídos para oír que oiga.
Amén.
sábado, 27 de febrero de 2010
HOMILÍA SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA
Pbro. Lic Juan Morre
En la primera Lectura correspondiente al Libro del Génesis, se nos relata un pacto entre Dios y Abram. Dios lo sacó de su casa y lo llevó a mirar el cielo, le hizo ver las estrellas y contarlas y luego le prometió que así sería su descendencia.
Abram era un arameo errante. Como muchos de sus contemporáneos, se dedicaba a la cría de animales yendo de un lugar para otro para alimentar a su rebaño. Él ya era anciano y su esposa Sara además estéril.
Por eso la promesa de Dios, de un Dios que todavía no se había revelado en plenitud, puede paracer a los ojos de Abram un despropósito. Naturalmente las condiciones eran totalmente adversas para que la promesa se cumpliera. Sin embargo, dice la Escritura, él creyó y por eso fue considerado un hombre justo, un hombre santo. Abram creyó contra toda esperanza.
Lo que continúa es un ritual que utilizaban las partes para hacer un contrato. Se sacrificaban animales, se los ponía de un lado y del otro y los contractuantes pasaban por el medio, para significar que si alguno no cumplía con el pacto le pasaría igual que a esos animales.
En medio del sacrificio pasa el fuego, signo de la presencia de Dios. También Dios se abaja para dar su Palabra. Es la Alianza de Dios con Abram que se va a ir reiterando y actualizando con Moisés y con el pueblo hasta llegar a la Nueva y Eterna Alianza en Jesucristo. Es interesante ver cómo, a pesar de ser el hombre el que incumplió reiteradamente la Alianza por no creer en Dios o por no saber esperar sus tiempos, es Dios el que a través de su Hijo termina como los animales derramando la Sangre. La nueva Alianza no necesita de animales, porque es Dios quien provee al Cordero para el Sacrificio. Hasta en esto Dios toma el lugar del hombre, para rescatarlo, para salvarlo. Por eso el Papa nos dice que “no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el exremo, hasta aceptar en sí mismo la maldición que corresponde al hombre, a fin de transmitirle la bendición que corresponde a Dios”
En la segunda Lectura, san Pablo exhorta a los filipenses para que sean fieles a Cristo y les pide que lo imiten a él que se mantiene firme en la fe del Señor. Les pone como antimodelo a los que son enemigos de la cruz del Señor buscando sastisfacer su vida con las cosas de la tierra. Por eso les recuerda que los cristianos somos ciudadanos del cielo y hacia allí vamos, sabiendo que si morimos con Cristo resucitaremos con Él. Que si somos capaces de vivir aquí como sus discípulos, podremos participar de su gloria y mucho más aún.
El Evangelio de San Lucas nos relata la transfiguración. Antes Jesús había consultado a los discípulos acerca de lo que la gente decía de Él: ¿quién dice la gente que soy yo? Y Pedro había hecho su profesión de fe. “Tú eres el Mesías el Hijo de Dios”. Para que esto no les hiciera perder de vista el verdadero sentido del mesianismo de Jesús, el Señor les anuncia que debe subir a Jerusalén y entregar allí su vida. Evidentemente esa noticia calló muy mal entre los discípulos que esperaban a un Mesías poderoso que los liberaría de las esclavitudes temporales y políticas, de la pobreza y de tantas ataduras que tienen las sociedades. Sin embargo Jesús quiere demostrarles que su reino no es de este mundo. Que ilumina a este mundo, pero que lo trasciende.
Ante la angustia de sus discípulos invita a tres de ellos a acompañarlo a la montaña a rezar. La montaña simboliza la morada de Dios, el lugar donde Dios se manifiesta (teofanía). Y mientras ellos dormían porque era de noche, cuando Jesús termina su oración se produce este hecho maravilloso que adelanta la visión de la gloria de Dios.
Aparecen dos testigos que estaban esperando a Jesús, Moisés y Elías. Dos personajes que representan a todos los justos que creyeron en Dios y en sus promesas y que ahora van a poder ver su cumplimiento.
Cuando Moisés hablaba con Dios, su rostro se ponía radiante. Como si una luz lo iluminara desde adentro, como una lámpara o un velador. Ahora todo el Cuerpo del Señor queda iluminado, cambia su figura y resplandece como el sol. Y aquí viene la revelación más importante. Antes los hombres habían expresado su parecer acerca de Jesús. Pedro había hecho su profesión de fe en su mesianismo. Pero faltaba la voz de Aquél que sabe quién es Jesús. “Este es mi Hijo, el amado, escúchenlo”. Dios mismo da fe, sale de testigo de Jesús y nos da a nosotros una orden, “escúchenlo”.
Dios ha manifestado su belleza. Por eso la Cuaresma, nos tiene que ayudar a descubrir esta belleza de Jesús que se manifiesta en nuestra vida. Como nos dice el obispo en su carta pastoral de Cuaresma “La Cuaresma vivida como búsqueda y encuentro, nos hace sensibles a la belleza luminosa de la Pascua” y citando al Papa “La belleza es la clave del misterio, llamada y camino hacia lo trascendente, hacia el Misterio último, es decir hacia Dios”.
La contemplación de la Belleza necesita preparación. No podemos salir de la oscuridad al sol sin ser encandilados, heridos por su luz. No podemos pasar de la oscuridad, de la chatura, de la mediocridad de nuestra vida y entrar en la Luz Pascual sin ser encandilados. Y a veces el encandilamiento no nos deja ver la realidad, nos enceguece. Por eso este tiempo de preparación. Necesitamos preparar nuestra vida para poder contemplar al final del camino el rostro de Dios.
Hermanos, no nos distraigamos. No hagamos como aquellos que sólo viven para comer, que sólo viven para las realidades inmediatas, que vuelan muy bajo, que no se dejan seducir por lo trascendente, que se conforman con la belleza creada y no buscan al Creador. Seamos fieles a la Alianza sellada con la Sangre de Cristo. Dejemos que Él guíe nuestros pasos, no nos encerremos en la oscuridad de nuestra vida. Él nos ama, nos busca, nos atrae, nos desea. Dejemos que el anticipo que nos muestra en la transfiguración de cada Eucaristía nos conmueva y aumente en nosotros el deseo de verlo, de tenerlo, de amarlo.
A veces este paso nos da miedo y no tenemos el coraje de romper con las ataduras que nos dan una aparente seguridad, trabajos, personas, situaciones, que nos alejan de Dios. Hagamos como Abram, que creyendo contra toda esperanza, abandonó su tierra, sus propiedades, su familia y salió obediente por el camino que Dios le trazaba, y hoy puede gozarse de ver cumplida la promesa porque es el padre de una multidud de estrellas que somos todos los creyentes en Dios.
Tengamos el coraje de poner a Dios por encima de todo. No nos aferremos a bellezas efímeras, a amores pasajeros. Cuando murió la reina, san Francisco de Borja, que era su consejero, se acercó al ataúd y vió allí los despojos de quien había sido modelo de belleza y poder. Al ver todo eso descomponiéndose en un cajón exclamó “nunca más serviré a un Señor que se me pueda morir”.
Convertirse a Cristo es desearlo “creer en el Evangelio, dice el Papa, significa salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad”. Este reconocimiento de la pobreza propia y de la necesidad de los demás se llama humildad, y es esta virtud la que nos hace falta para dejarnos ayudar por Dios y por los hermanos, especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Quienes dicen yo me confieso con Dios, o yo no tengo pecados, en realidad lo que dicen es yo soy autosuficiente, yo puedo salvarme solo. A esos, no les faltan pecados, lo que les falta es humildad. De allí nacen las excusas ¿por qué me tengo que confesar con otro hombre? ¿Qué mal puedo hacer yo? Si seguimos atentamente las enseñanzas de estos domingos, vamos a descubrir que pecar no es sólo violar alguno de los diez mandamientos, sino que es algo mucho más profundo que oscurece el alma y nuestras relaciones con Dios y con los demás. Es creerse autosuficiente, creerse que con mis ideas, mis criterios, mis gustos, mis normas, mis leyes, puedo salvarme, sin escuchar a Jesús que nos habla por la Iglesia “el que a Uds los recibe, me recibe a mí” “lo que ates quedará atado”
Pidamos al Señor que nos ayude a seguir subiendo el monte, que nos ayude a vivir las prácticas de la oración, la penintencia, el ayuno, la limosna y sobre todo que nos vaya mostrando el camino, como una linterna, para que podamos llegar al monte de la Pascua y contemplar la belleza de su resurrección que es la nuestra.
Amén
En la primera Lectura correspondiente al Libro del Génesis, se nos relata un pacto entre Dios y Abram. Dios lo sacó de su casa y lo llevó a mirar el cielo, le hizo ver las estrellas y contarlas y luego le prometió que así sería su descendencia.
Abram era un arameo errante. Como muchos de sus contemporáneos, se dedicaba a la cría de animales yendo de un lugar para otro para alimentar a su rebaño. Él ya era anciano y su esposa Sara además estéril.
Por eso la promesa de Dios, de un Dios que todavía no se había revelado en plenitud, puede paracer a los ojos de Abram un despropósito. Naturalmente las condiciones eran totalmente adversas para que la promesa se cumpliera. Sin embargo, dice la Escritura, él creyó y por eso fue considerado un hombre justo, un hombre santo. Abram creyó contra toda esperanza.
Lo que continúa es un ritual que utilizaban las partes para hacer un contrato. Se sacrificaban animales, se los ponía de un lado y del otro y los contractuantes pasaban por el medio, para significar que si alguno no cumplía con el pacto le pasaría igual que a esos animales.
En medio del sacrificio pasa el fuego, signo de la presencia de Dios. También Dios se abaja para dar su Palabra. Es la Alianza de Dios con Abram que se va a ir reiterando y actualizando con Moisés y con el pueblo hasta llegar a la Nueva y Eterna Alianza en Jesucristo. Es interesante ver cómo, a pesar de ser el hombre el que incumplió reiteradamente la Alianza por no creer en Dios o por no saber esperar sus tiempos, es Dios el que a través de su Hijo termina como los animales derramando la Sangre. La nueva Alianza no necesita de animales, porque es Dios quien provee al Cordero para el Sacrificio. Hasta en esto Dios toma el lugar del hombre, para rescatarlo, para salvarlo. Por eso el Papa nos dice que “no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el exremo, hasta aceptar en sí mismo la maldición que corresponde al hombre, a fin de transmitirle la bendición que corresponde a Dios”
En la segunda Lectura, san Pablo exhorta a los filipenses para que sean fieles a Cristo y les pide que lo imiten a él que se mantiene firme en la fe del Señor. Les pone como antimodelo a los que son enemigos de la cruz del Señor buscando sastisfacer su vida con las cosas de la tierra. Por eso les recuerda que los cristianos somos ciudadanos del cielo y hacia allí vamos, sabiendo que si morimos con Cristo resucitaremos con Él. Que si somos capaces de vivir aquí como sus discípulos, podremos participar de su gloria y mucho más aún.
El Evangelio de San Lucas nos relata la transfiguración. Antes Jesús había consultado a los discípulos acerca de lo que la gente decía de Él: ¿quién dice la gente que soy yo? Y Pedro había hecho su profesión de fe. “Tú eres el Mesías el Hijo de Dios”. Para que esto no les hiciera perder de vista el verdadero sentido del mesianismo de Jesús, el Señor les anuncia que debe subir a Jerusalén y entregar allí su vida. Evidentemente esa noticia calló muy mal entre los discípulos que esperaban a un Mesías poderoso que los liberaría de las esclavitudes temporales y políticas, de la pobreza y de tantas ataduras que tienen las sociedades. Sin embargo Jesús quiere demostrarles que su reino no es de este mundo. Que ilumina a este mundo, pero que lo trasciende.
Ante la angustia de sus discípulos invita a tres de ellos a acompañarlo a la montaña a rezar. La montaña simboliza la morada de Dios, el lugar donde Dios se manifiesta (teofanía). Y mientras ellos dormían porque era de noche, cuando Jesús termina su oración se produce este hecho maravilloso que adelanta la visión de la gloria de Dios.
Aparecen dos testigos que estaban esperando a Jesús, Moisés y Elías. Dos personajes que representan a todos los justos que creyeron en Dios y en sus promesas y que ahora van a poder ver su cumplimiento.
Cuando Moisés hablaba con Dios, su rostro se ponía radiante. Como si una luz lo iluminara desde adentro, como una lámpara o un velador. Ahora todo el Cuerpo del Señor queda iluminado, cambia su figura y resplandece como el sol. Y aquí viene la revelación más importante. Antes los hombres habían expresado su parecer acerca de Jesús. Pedro había hecho su profesión de fe en su mesianismo. Pero faltaba la voz de Aquél que sabe quién es Jesús. “Este es mi Hijo, el amado, escúchenlo”. Dios mismo da fe, sale de testigo de Jesús y nos da a nosotros una orden, “escúchenlo”.
Dios ha manifestado su belleza. Por eso la Cuaresma, nos tiene que ayudar a descubrir esta belleza de Jesús que se manifiesta en nuestra vida. Como nos dice el obispo en su carta pastoral de Cuaresma “La Cuaresma vivida como búsqueda y encuentro, nos hace sensibles a la belleza luminosa de la Pascua” y citando al Papa “La belleza es la clave del misterio, llamada y camino hacia lo trascendente, hacia el Misterio último, es decir hacia Dios”.
La contemplación de la Belleza necesita preparación. No podemos salir de la oscuridad al sol sin ser encandilados, heridos por su luz. No podemos pasar de la oscuridad, de la chatura, de la mediocridad de nuestra vida y entrar en la Luz Pascual sin ser encandilados. Y a veces el encandilamiento no nos deja ver la realidad, nos enceguece. Por eso este tiempo de preparación. Necesitamos preparar nuestra vida para poder contemplar al final del camino el rostro de Dios.
Hermanos, no nos distraigamos. No hagamos como aquellos que sólo viven para comer, que sólo viven para las realidades inmediatas, que vuelan muy bajo, que no se dejan seducir por lo trascendente, que se conforman con la belleza creada y no buscan al Creador. Seamos fieles a la Alianza sellada con la Sangre de Cristo. Dejemos que Él guíe nuestros pasos, no nos encerremos en la oscuridad de nuestra vida. Él nos ama, nos busca, nos atrae, nos desea. Dejemos que el anticipo que nos muestra en la transfiguración de cada Eucaristía nos conmueva y aumente en nosotros el deseo de verlo, de tenerlo, de amarlo.
A veces este paso nos da miedo y no tenemos el coraje de romper con las ataduras que nos dan una aparente seguridad, trabajos, personas, situaciones, que nos alejan de Dios. Hagamos como Abram, que creyendo contra toda esperanza, abandonó su tierra, sus propiedades, su familia y salió obediente por el camino que Dios le trazaba, y hoy puede gozarse de ver cumplida la promesa porque es el padre de una multidud de estrellas que somos todos los creyentes en Dios.
Tengamos el coraje de poner a Dios por encima de todo. No nos aferremos a bellezas efímeras, a amores pasajeros. Cuando murió la reina, san Francisco de Borja, que era su consejero, se acercó al ataúd y vió allí los despojos de quien había sido modelo de belleza y poder. Al ver todo eso descomponiéndose en un cajón exclamó “nunca más serviré a un Señor que se me pueda morir”.
Convertirse a Cristo es desearlo “creer en el Evangelio, dice el Papa, significa salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad”. Este reconocimiento de la pobreza propia y de la necesidad de los demás se llama humildad, y es esta virtud la que nos hace falta para dejarnos ayudar por Dios y por los hermanos, especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Quienes dicen yo me confieso con Dios, o yo no tengo pecados, en realidad lo que dicen es yo soy autosuficiente, yo puedo salvarme solo. A esos, no les faltan pecados, lo que les falta es humildad. De allí nacen las excusas ¿por qué me tengo que confesar con otro hombre? ¿Qué mal puedo hacer yo? Si seguimos atentamente las enseñanzas de estos domingos, vamos a descubrir que pecar no es sólo violar alguno de los diez mandamientos, sino que es algo mucho más profundo que oscurece el alma y nuestras relaciones con Dios y con los demás. Es creerse autosuficiente, creerse que con mis ideas, mis criterios, mis gustos, mis normas, mis leyes, puedo salvarme, sin escuchar a Jesús que nos habla por la Iglesia “el que a Uds los recibe, me recibe a mí” “lo que ates quedará atado”
Pidamos al Señor que nos ayude a seguir subiendo el monte, que nos ayude a vivir las prácticas de la oración, la penintencia, el ayuno, la limosna y sobre todo que nos vaya mostrando el camino, como una linterna, para que podamos llegar al monte de la Pascua y contemplar la belleza de su resurrección que es la nuestra.
Amén
jueves, 17 de diciembre de 2009
CAMBIOS EN EL CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO
doctrina_escudobenedictoxvi
*
CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO
OMNIUM IN MENTEM
DEL SUMO PONTÍFICE
BENEDICTO XVI
CON LA CUAL SON MODIFICADAS
ALGUNAS NORMAS DEL CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO
La Constitución Apostólica Sacrae disciplinae leges, promulgada el 25 de enero de 1983, llamó a la atención de todos que la Iglesia, en cuanto comunidad al mismo tiempo espiritual y visible, y ordenada jerárquicamente, tiene necesidad de normas jurídicas “para ordenar correctamente el ejercicio de las funciones confiadas a ella divinamente, sobre todo de la potestad sagrada y de la administración de los sacramentos”. En tales normas es necesario que resplandezca siempre, por una parte, la unidad de la doctrina teológica y de la legislación canónica y, por otra, la utilidad pastoral de las prescripciones, mediante las cuales las disposiciones eclesiásticas están ordenadas al bien de las almas.
A fin de garantizar más eficazmente tanto esta necesaria unidad doctrinal como la finalidad pastoral, a veces la suprema autoridad de la Iglesia, después de haber ponderado las razones, decide los oportunos cambios de las normas canónicas, o introduce en ellas alguna integración. Esta es la razón que Nos lleva a redactar la presente Carta, que concierne a dos cuestiones.
En primer lugar, en los cánones 1008 y 1009 del Código de Derecho Canónico sobre el sacramento del Orden, se confirma la distinción esencial entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial y, al mismo tiempo, se pone en evidencia la diferencia entre episcopado, presbiterado y diaconado. Así pues, después que, habiendo oído a los Padres de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Nuestro venerado Predecesor Juan Pablo II estableció que se debía modificar el texto del número 1581 del Catecismo de la Iglesia Católica, con el fin de retomar más adecuadamente la doctrina sobre los diáconos de la Constitución dogmática Lumen gentium (n. 29) del Concilio Vaticano II, también Nos consideramos que se debe perfeccionar la norma canónica que concierne a esta misma materia. Por lo tanto, oído el parecer del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, establecemos que las palabras de los susodichos cánones sean modificadas como se indica sucesivamente.
Además, dado que los sacramentos son los mismos para toda la Iglesia, es de competencia únicamente de la suprema autoridad aprobar y definir los requisitos para su validez, y también determinar lo que se refiere al rito que es necesario observar en la celebración de los mismos (cfr. can. 841), todo lo cual ciertamente se aplica también para la forma que debe ser observada en la celebración del matrimonio, si al menos una de las dos partes ha sido bautizada en la Iglesia católica (cfr. can. 11 y 1108).
El Código de Derecho Canónico establece, no obstante, que los fieles que se han separado de la Iglesia con “acto formal”, no están sujetos a las leyes eclesiásticas relativas a la forma canónica del matrimonio (cfr. can. 1117), a la dispensa del impedimento de disparidad de culto (cfr. can. 1086) y a la licencia requerida para los matrimonios mixtos (cfr. can. 1124). La razón y el fin de esta excepción a la norma general del can. 11 tenía el objetivo de evitar que los matrimonios contraídos por aquellos fieles fuesen nulos por defecto de forma, o bien por impedimento de disparidad de culto.
Sin embargo, la experiencia de estos años ha mostrado, por el contrario, que esta nueva ley ha generado no pocos problemas pastorales. En primer lugar, ha parecido difícil la determinación y la configuración práctica, en los casos particulares, de este acto formal de separación de la Iglesia, sea en cuanto a su sustancia teológica, sea en cuanto al aspecto canónico. Además, han surgido muchas dificultades tanto en la acción pastoral como en la praxis de los tribunales. De hecho, se observaba que de la nueva ley parecían nacer, al menos indirectamente, una cierta facilidad o, por así decir, un incentivo a la apostasía en aquellos lugares donde los fieles católicos son escasos en número, o donde rigen leyes matrimoniales injustas que establecen discriminaciones entre los ciudadanos por motivos religiosos; además, ésta hacía difícil el retorno de aquellos bautizados que deseaban vivamente contraer un nuevo matrimonio canónico, después del fracaso del precedente; finalmente, omitiendo otros, muchísimos de estos matrimonios se convertían de hecho para la Iglesia en matrimonios denominados clandestinos.
Considerado todo esto, y evaluados cuidadosamente los pareceres tanto de los Padres de la Congregación para la Doctrina de la Fe y del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, como también de las Conferencias Episcopales que han sido consultadas sobre la utilidad pastoral de conservar o abrogar esta excepción a la norma general del can. 11, ha parecido necesario abolir esta regla introducida en el cuerpo de las leyes canónicas actualmente vigente.
Establecemos, por lo tanto, eliminar del mismo Código las palabras: “y no se ha apartado de ella por acto formal” del can. 1117, “y no se ha apartado de ella por acto formal” del can. 1086 § 1, como también “y no se haya apartado de ella mediante un acto formal” del can. 1124.
Por eso, habiendo oído a la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Pontificio Consejo para los Textos Legislativos y pedido también el parecer de Nuestros Venerables Hermanos Cardenales de la Santa Iglesia Romana responsables de los Dicasterios de la Curia Romana, establecemos cuanto sigue:
Art 1. El texto del can. 1008 del Código de Derecho Canónico sea modificado de modo que, de ahora en adelante, resulte así:
“Mediante el sacramento del orden, por institución divina, algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y destinados a servir, según el grado de cada uno, con nuevo y peculiar título, al pueblo de Dios”.
Art. 2. El can. 1009 del Código de Derecho Canónico de ahora en adelante tendrá tres parágrafos, en el primero y en el segundo de los cuales se mantendrá el texto del canon vigente, mientras que en el tercero el nuevo texto será redactado de modo que el can. 1009 § 3 resulte así:
“Aquellos que han sido constituidos en el orden del episcopado y del presbiterado reciben la misión y la facultad de actuar en la persona de Cristo Cabeza; los diáconos, en cambio, son habilitados para servir al pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad”.
Art. 3. El texto del can. 1086 § 1 del Código de Derecho Canónico queda modificado así:
“Es inválido el matrimonio entre dos personas, una de las cuales fue bautizada en la Iglesia católica o recibida en su seno, y otra no bautizada”.
Art. 4. El texto del can. 1117 del Código de Derecho Canónico queda modificado así:
“La forma arriba establecida se ha de observar si al menos uno de los contrayentes fue bautizado en la Iglesia católica o recibido en ella, sin perjuicio de lo establecido en el can. 1127 § 2”.
Art. 5. El texto del can. 1124 del Código de Derecho Canónico queda modificado así:
“Está prohibido, sin licencia expresa de la autoridad competente, el matrimonio entre dos personas bautizadas, una de las cuales haya sido bautizada en la Iglesia católica o recibida en ella después del bautismo, y otra adscrita a una Iglesia o comunidad eclesial que no se halle en comunión plena con la Iglesia católica”.
Cuanto hemos deliberado con esta Carta Apostólica en forma de Motu Proprio, ordenamos que tenga firme y estable vigor, no obstante cualquier cosa contraria aunque sea digna de particular mención, y que sea publicado en el comentario oficial Acta Apostolicae Sedis.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 26 del mes de octubre del año 2009, quinto de Nuestro Pontificado.
BENEDICTUS PP XVI
COMENTARIO
El Santo Padre Benedicto XVI ha promulgado la CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO
OMNIUM IN MENTEM mediante la cual modifica los cc. 1008, 1009, 1086, 1117 y 1124.
En los dos primeros se hace referencia al orden sagrado del episcopado, presbiterado y diaconado. Existía una diferencia entre lo que decía el Catecismo y lo que afirmaba el Código, por lo cual se buscó por un lado hacer concordar ambos documentos y por el otro aclarar la condición teológica y canónica de los diáconos. En la redacción anterior el diaconado era casi equiparado a los otros órdenes. Queda claro que mientras el ministerio sacerdotal (episcopado y presbiterado) faculta al ordenado a actuar in Personae Christi Capitis, el ministerio diaconal lo habilita para el servicio, no actuando en la persona de Cristo. En este punto surge la duda de la actuación del diácono al bautizar. Es tema que deberán resolver los teólogos.
Los otros cánones hacen referencia al Matrimonio, considerado dentro de todo el dinamismo sacramental. Allí se habla de quienes se han apartado de la Iglesia por acto formal. El apartamiento por acto formal implica tres elementos:
1. La decisión de la persona de apartarse de la Iglesia Católica
2. La manifestación de esa decisión a la autoridad competente.
3. La aceptación de la autoridad.
Como vemos no se trata de no practicar la religión y ni siquiera de haberse acercado a otro tipo de religión o Iglesia (lo cual podría constituír herejía, apostasía o cisma). Si no hay acto formal la persona sigue perteneciendo a la Iglesia aunque podría considerarse que se ha apartado notoriamente de la fe católica, lo cual exigiría la licencia que establece el c. 1071, 1 4º.
El c. 1086 establece el impedimento de disparidad de culto. Esto es cuando una parte es bautizada en la Iglesia Católica o recibida en ella después del bautismo y la otra no bautizada. Este impedimento es dirimente, es decir que hace nulo el acto si éste se atentara. Aquí la dificultad surge porque la parte bautizada para contraer válidamente tiene que recibir el sacramento. Si la otra parte no está bautizada, no pueden recibir el sacramento, por lo cual es necesario dispensar a la parte bautizada para que realice un matrimonio natural no sacramental pero eclisiástico.
La diferencia entre la redacción anterior y la actual radica en el hecho de que antes se excluían a quienes se habían apartado por acto formal. De ese modo había bautizados, apartados que podían hacer un matrimonio mixto válido, porque el impedimento no los alcanzaba. Esto creaba una incertidumbre teológica y canónica. Teológica por cuanto entre bautizados sólo hay verdadero matrimonio si éste es sacramento. Canónica porque era una excepción a lo que establece el c. 11.
En síntesis, ya no se excluye más a quienes se hayan apartado por acto formal de la Iglesia ni del impedimiento, ni de la forma canónica para contraer.
O sea que si alguien que siendo de origen católico, por bautismo o recepción, deseara casarse debería hacerlo según la forma canónica y con las dispensas del caso, para que su matrimonio fuera válido. En todo caso, a mi entender, debería pedirse la licencia establecida en el c. 1071,1 4º.
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CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO
OMNIUM IN MENTEM
DEL SUMO PONTÍFICE
BENEDICTO XVI
CON LA CUAL SON MODIFICADAS
ALGUNAS NORMAS DEL CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO
La Constitución Apostólica Sacrae disciplinae leges, promulgada el 25 de enero de 1983, llamó a la atención de todos que la Iglesia, en cuanto comunidad al mismo tiempo espiritual y visible, y ordenada jerárquicamente, tiene necesidad de normas jurídicas “para ordenar correctamente el ejercicio de las funciones confiadas a ella divinamente, sobre todo de la potestad sagrada y de la administración de los sacramentos”. En tales normas es necesario que resplandezca siempre, por una parte, la unidad de la doctrina teológica y de la legislación canónica y, por otra, la utilidad pastoral de las prescripciones, mediante las cuales las disposiciones eclesiásticas están ordenadas al bien de las almas.
A fin de garantizar más eficazmente tanto esta necesaria unidad doctrinal como la finalidad pastoral, a veces la suprema autoridad de la Iglesia, después de haber ponderado las razones, decide los oportunos cambios de las normas canónicas, o introduce en ellas alguna integración. Esta es la razón que Nos lleva a redactar la presente Carta, que concierne a dos cuestiones.
En primer lugar, en los cánones 1008 y 1009 del Código de Derecho Canónico sobre el sacramento del Orden, se confirma la distinción esencial entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial y, al mismo tiempo, se pone en evidencia la diferencia entre episcopado, presbiterado y diaconado. Así pues, después que, habiendo oído a los Padres de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Nuestro venerado Predecesor Juan Pablo II estableció que se debía modificar el texto del número 1581 del Catecismo de la Iglesia Católica, con el fin de retomar más adecuadamente la doctrina sobre los diáconos de la Constitución dogmática Lumen gentium (n. 29) del Concilio Vaticano II, también Nos consideramos que se debe perfeccionar la norma canónica que concierne a esta misma materia. Por lo tanto, oído el parecer del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, establecemos que las palabras de los susodichos cánones sean modificadas como se indica sucesivamente.
Además, dado que los sacramentos son los mismos para toda la Iglesia, es de competencia únicamente de la suprema autoridad aprobar y definir los requisitos para su validez, y también determinar lo que se refiere al rito que es necesario observar en la celebración de los mismos (cfr. can. 841), todo lo cual ciertamente se aplica también para la forma que debe ser observada en la celebración del matrimonio, si al menos una de las dos partes ha sido bautizada en la Iglesia católica (cfr. can. 11 y 1108).
El Código de Derecho Canónico establece, no obstante, que los fieles que se han separado de la Iglesia con “acto formal”, no están sujetos a las leyes eclesiásticas relativas a la forma canónica del matrimonio (cfr. can. 1117), a la dispensa del impedimento de disparidad de culto (cfr. can. 1086) y a la licencia requerida para los matrimonios mixtos (cfr. can. 1124). La razón y el fin de esta excepción a la norma general del can. 11 tenía el objetivo de evitar que los matrimonios contraídos por aquellos fieles fuesen nulos por defecto de forma, o bien por impedimento de disparidad de culto.
Sin embargo, la experiencia de estos años ha mostrado, por el contrario, que esta nueva ley ha generado no pocos problemas pastorales. En primer lugar, ha parecido difícil la determinación y la configuración práctica, en los casos particulares, de este acto formal de separación de la Iglesia, sea en cuanto a su sustancia teológica, sea en cuanto al aspecto canónico. Además, han surgido muchas dificultades tanto en la acción pastoral como en la praxis de los tribunales. De hecho, se observaba que de la nueva ley parecían nacer, al menos indirectamente, una cierta facilidad o, por así decir, un incentivo a la apostasía en aquellos lugares donde los fieles católicos son escasos en número, o donde rigen leyes matrimoniales injustas que establecen discriminaciones entre los ciudadanos por motivos religiosos; además, ésta hacía difícil el retorno de aquellos bautizados que deseaban vivamente contraer un nuevo matrimonio canónico, después del fracaso del precedente; finalmente, omitiendo otros, muchísimos de estos matrimonios se convertían de hecho para la Iglesia en matrimonios denominados clandestinos.
Considerado todo esto, y evaluados cuidadosamente los pareceres tanto de los Padres de la Congregación para la Doctrina de la Fe y del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, como también de las Conferencias Episcopales que han sido consultadas sobre la utilidad pastoral de conservar o abrogar esta excepción a la norma general del can. 11, ha parecido necesario abolir esta regla introducida en el cuerpo de las leyes canónicas actualmente vigente.
Establecemos, por lo tanto, eliminar del mismo Código las palabras: “y no se ha apartado de ella por acto formal” del can. 1117, “y no se ha apartado de ella por acto formal” del can. 1086 § 1, como también “y no se haya apartado de ella mediante un acto formal” del can. 1124.
Por eso, habiendo oído a la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Pontificio Consejo para los Textos Legislativos y pedido también el parecer de Nuestros Venerables Hermanos Cardenales de la Santa Iglesia Romana responsables de los Dicasterios de la Curia Romana, establecemos cuanto sigue:
Art 1. El texto del can. 1008 del Código de Derecho Canónico sea modificado de modo que, de ahora en adelante, resulte así:
“Mediante el sacramento del orden, por institución divina, algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y destinados a servir, según el grado de cada uno, con nuevo y peculiar título, al pueblo de Dios”.
Art. 2. El can. 1009 del Código de Derecho Canónico de ahora en adelante tendrá tres parágrafos, en el primero y en el segundo de los cuales se mantendrá el texto del canon vigente, mientras que en el tercero el nuevo texto será redactado de modo que el can. 1009 § 3 resulte así:
“Aquellos que han sido constituidos en el orden del episcopado y del presbiterado reciben la misión y la facultad de actuar en la persona de Cristo Cabeza; los diáconos, en cambio, son habilitados para servir al pueblo de Dios en la diaconía de la liturgia, de la palabra y de la caridad”.
Art. 3. El texto del can. 1086 § 1 del Código de Derecho Canónico queda modificado así:
“Es inválido el matrimonio entre dos personas, una de las cuales fue bautizada en la Iglesia católica o recibida en su seno, y otra no bautizada”.
Art. 4. El texto del can. 1117 del Código de Derecho Canónico queda modificado así:
“La forma arriba establecida se ha de observar si al menos uno de los contrayentes fue bautizado en la Iglesia católica o recibido en ella, sin perjuicio de lo establecido en el can. 1127 § 2”.
Art. 5. El texto del can. 1124 del Código de Derecho Canónico queda modificado así:
“Está prohibido, sin licencia expresa de la autoridad competente, el matrimonio entre dos personas bautizadas, una de las cuales haya sido bautizada en la Iglesia católica o recibida en ella después del bautismo, y otra adscrita a una Iglesia o comunidad eclesial que no se halle en comunión plena con la Iglesia católica”.
Cuanto hemos deliberado con esta Carta Apostólica en forma de Motu Proprio, ordenamos que tenga firme y estable vigor, no obstante cualquier cosa contraria aunque sea digna de particular mención, y que sea publicado en el comentario oficial Acta Apostolicae Sedis.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 26 del mes de octubre del año 2009, quinto de Nuestro Pontificado.
BENEDICTUS PP XVI
COMENTARIO
El Santo Padre Benedicto XVI ha promulgado la CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO
OMNIUM IN MENTEM mediante la cual modifica los cc. 1008, 1009, 1086, 1117 y 1124.
En los dos primeros se hace referencia al orden sagrado del episcopado, presbiterado y diaconado. Existía una diferencia entre lo que decía el Catecismo y lo que afirmaba el Código, por lo cual se buscó por un lado hacer concordar ambos documentos y por el otro aclarar la condición teológica y canónica de los diáconos. En la redacción anterior el diaconado era casi equiparado a los otros órdenes. Queda claro que mientras el ministerio sacerdotal (episcopado y presbiterado) faculta al ordenado a actuar in Personae Christi Capitis, el ministerio diaconal lo habilita para el servicio, no actuando en la persona de Cristo. En este punto surge la duda de la actuación del diácono al bautizar. Es tema que deberán resolver los teólogos.
Los otros cánones hacen referencia al Matrimonio, considerado dentro de todo el dinamismo sacramental. Allí se habla de quienes se han apartado de la Iglesia por acto formal. El apartamiento por acto formal implica tres elementos:
1. La decisión de la persona de apartarse de la Iglesia Católica
2. La manifestación de esa decisión a la autoridad competente.
3. La aceptación de la autoridad.
Como vemos no se trata de no practicar la religión y ni siquiera de haberse acercado a otro tipo de religión o Iglesia (lo cual podría constituír herejía, apostasía o cisma). Si no hay acto formal la persona sigue perteneciendo a la Iglesia aunque podría considerarse que se ha apartado notoriamente de la fe católica, lo cual exigiría la licencia que establece el c. 1071, 1 4º.
El c. 1086 establece el impedimento de disparidad de culto. Esto es cuando una parte es bautizada en la Iglesia Católica o recibida en ella después del bautismo y la otra no bautizada. Este impedimento es dirimente, es decir que hace nulo el acto si éste se atentara. Aquí la dificultad surge porque la parte bautizada para contraer válidamente tiene que recibir el sacramento. Si la otra parte no está bautizada, no pueden recibir el sacramento, por lo cual es necesario dispensar a la parte bautizada para que realice un matrimonio natural no sacramental pero eclisiástico.
La diferencia entre la redacción anterior y la actual radica en el hecho de que antes se excluían a quienes se habían apartado por acto formal. De ese modo había bautizados, apartados que podían hacer un matrimonio mixto válido, porque el impedimento no los alcanzaba. Esto creaba una incertidumbre teológica y canónica. Teológica por cuanto entre bautizados sólo hay verdadero matrimonio si éste es sacramento. Canónica porque era una excepción a lo que establece el c. 11.
En síntesis, ya no se excluye más a quienes se hayan apartado por acto formal de la Iglesia ni del impedimiento, ni de la forma canónica para contraer.
O sea que si alguien que siendo de origen católico, por bautismo o recepción, deseara casarse debería hacerlo según la forma canónica y con las dispensas del caso, para que su matrimonio fuera válido. En todo caso, a mi entender, debería pedirse la licencia establecida en el c. 1071,1 4º.
lunes, 16 de noviembre de 2009
MORAL FAMILIAR
UNIDAD 5
La Comunidad Familiar en el plan Salvífico de Dios
Hemos visto que el hombre es un ser hecho para compartir la vida con otros hombres. Desde su concepción, está llamado a la vida social, de modo tal que depende de sus semejantes tanto para vivir como para “llegar a ser” socialmente humano.
Nadie puede darse la vida a sí mismo. Tampoco desarrollarse sin la presencia de la madre que le presta su cuerpo.
Una vez nacido requiere del cuidado, la alimentación, el calor y el amor de sus familiares.
Es en esa comunidad pequeña de la familia, donde aprende a conocer el mundo que lo rodea.
“Su mundo” es su familia. Primero la madre, con quien tienen el primer contacto relacional. Luego el padre y los demás mimbros.
Su desarrollo y educación dependerán de los demás y el proceso de socialización partirá necesariamente de su núcleo familiar.
Tan importante es la familia para el ser humano, que sin ella no podría alcanzar la plena humanización.
Si el hombre es el resultado de su herencia y su adquisición social, lo primero que lo va configurando es la familia.
“El matrimonio y la familia son un proyecto de Dios que invita al hombre y a la mujer creados por amor, a realizar su proyecto de amor en fidelidad hasta la muerte” (SD 217)
“Dios con la creación del hombre y la mujer a su imagen y semejanza, corona y lleva a perfección la obra de sus manos; los llama a una especial participación en su amor y al mismo tiempo en su poder de creador y Padre, mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión de la vida” (FC 28)
“Creados por Dios para el amor mutuo, en el varón y la mujer el matrimonio surge de la misma naturaleza. La paternidad y maternidad humanas, aún siendo biológicamente parecidas a las de otros seres de la naturaleza, tienen en sí mismas, de manera esencial y exclusiva, una “semejanza” con Dios, sobre la que se funda la familia, entendida como comunidad de vida humana, como comunidad de personas unidas en el amor” (FC 6 Directorio de Pastoral Familiar 15)
Si el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, también la familia encuentra su imagen en el Creador. El misterio trinitario, origen y meta de toda la creación, imprime en el corazón del hombre, el deseo de la unión por el amor, como realización plenificadora.
El misterio trinitario se explica en algún sentido por la relación de amor entre el Padre y el Hijo.
El Padre es padre porque tiene un hijo y Éste lo es porque tiene padre, y existe entre ellos una relación de amor personal, el Espíritu Santo.
El Padre es desde toda la eternidad el origen de la Trinidad y ha engendrado al Hijo, que es consubstancial al Padre. Del Padre y del Hijo procede por efusión el Espíritu Santo (Nicea 325, Constantinopla 351)
De allí que el hombre, único ser espiritual y material a su vez, creado a imagen de Dios, realice en su vida esta relación de íntima unidad en la diversidad. La familia es un analogado de la Trinidad, como lugar y fuente de amor.
En el AT aparece la familia, como protagonista del plan salvífico de Dios.
El Pueblo de Israel tiene su origen en una familia, la de Abraham y Sara; y a lo largo de su historia se va a identificar con esta realidad. “El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”.
Las doce tribus tienen su origen en una familia (la de Jacob o Israel)
En el NT, el Hijo de Dios quiso nacer en una familia. Dios, el Padre, le preparó una familia humana, la Sagrada Familia de Nazaret de María y José.
La vida de Jesús trasncurrió en medio de una comunidad familiar.
De hecho los relatos genealógicos, lo ubican siempre en medio de una familia humana con el origen en Adán o Abraham, según el Evangelio que tomemos.
Jesús vive una realidad familiar y comunitaria. Por eso se habla muchas veces de los hermanos de Jesús, de sus parientes.
El Señor va a ampliar su contexto familiar a aquellos que cumplen la Palabra de Dios. De eso modo asocia a todos los hombres a su familia.
Modelos culturales
Existen diversas teorías acerca del origen de la comunidad familiar. Tomaremos dos opuestos para comprender de qué se trata.
1. El evolucionismo regresivo ( los etnólogos modernos Thurwald, Schmit, Koppers) sostiene que el matrimonio nació monógamo, luego se hizo polígamo pasando después a la unión de grupos y finalmente la promiscuidad sexual.
2. El evolucionismo progresivo (autores de finales del siglo XIX como Bachofen, Machennon, Morgan, Engels) sostiene lo contrario. Desde la promiscuidad sexual, el hombre ha ido evolucionando hasta llegar a la monogamia.
Hay experiencias de matrimonios grupales, ya sea simultáneo (un grupo de hombres de una tribu con un grupo de mujeres de otra al mismo tiempo) como los Nair de la India, los Olo-ot de Borneo; ya sea sucesivo (levirato) como se daba en Israel, Melanesia, India.
Patriarcado y Matriarcado
Entre los pueblos nómadas y pastoriles predomina la figura paterna, el patriarca, jefe de familia o clan. Es el modelo familiar indoeuropeo, semita y de los pueblos de ellos derivados (griegos, romanos, eslavos, germanos, babilonios, asirios, hititas, árabes, israelitas, etc.). Las características principales del patriarcado son: monogamia o poligamia, promogenitura, transmisión del apellido paterno, elección paterna de las esposas de los hijos. La ley fundamental es la patria potestas del padre sobre los hijos, que en algunos casos llegaba a ser sobre la vida y la muerte.
El esposo, en este modelo cultural era el rey de la casa.
A pesar de ser menos frecuente, el matriarcado aún existe en algunos pueblos de la India (dravidas, vedas, etc.) de África (bantúes del Congo), de Oceanía (Islas Salomón, Nuevas Hébridas), Indios americanos (iroqueses, apaches). Este modelo se caracteriza por: herencia por línea materna, exclusividad o al menos prevalencia, de las mujeres en las funciones cultuales (sacerdotizas), exaltación de la fecundidad, etc.
Según Schmit hay diversos grados de matriarcado:
a) La mujer cultivadora y propietaria, se casa con un hombre de otro grupo étnico político, el cual sigue viviendo con sus padres y sólo visita a su esposa de vez en cuando.
b) El hombre deja la casa de sus padres para vivir con su esposa, dueña y transmisora del derecho de propiedad de la tierra. La herencia sigue la línea materna y los hijos reciben el apellido de su madre.
c) Progresiva desnaturalización de los derechos de la madre debido a la creciente injerencia de sus parientes masculinos; especialmente de los hermanos, tíos paternos.
d) Hay una influencia cada vez más dominante del esposo y padre, que reemplaza al tío materno, en algunos casos después de un período previo de servidumbre en casa de su mujer.
Monogamia y poligamia
La poligamia tiene dos formas, la poliginia, esto es un esposo y varias mujeres; y la poliandria, o sea una esposa y muchos hombres.
La poligamia ha estado y está extendida, ya en su forma más estricta de un hombre y varias esposas “legales”, ya en la modalidad del concubinato legal o ilegal (una esposa legal y varias concubinas) en oriente. Otra forma es la de los casos de una especie de matrimonio ad tempus, a prueba (tribus de Persia, Japón, y lamentablemente ya presente en la cultura occidental)
La monogamia es lo más común y existe tanto en pueblos y religiones primitivos (veda, andamanes, aborígenes de Malaca, negritos de Filipinas, Karwela de Australia, algunos pigmeos de África central, etc.), como en pueblos evolucionados y modernos.
Como modelo cultural lo encontramos en Roma (el derecho legislava para una sola mater familiae), en el judaísmo (donde fue evolucionando desde la poligamia) y en el cristianismo que sólo admitió la poligamia desde su aparición.
Endogamia y exogamia
La endogamia es la práctica de casarse con personas del mismo linaje.
Puede ser:
a) familiar: entre hermanos (familias reales de Darfur, Thailandia, Ceilán, Polinesia, Madagascar, antiguo Egipto, indígenas de Hawai)
b) de clan o polis: en Atenas y todos los pueblos de origen patriarcal. Se casan con miembros del mismo pueblo. Con extranjeros lo hacen si adquieren el derecho de ciudadanía.
c) de clase o casta: prohíbe el matrimonio entre personas de distintas castas (India) o clase social (patricios y plebeyos en Roma, hombres libres y esclavos en Grecia) se buscaba mantener pura la raza.
Exogamia
Es la costumbre de buscar consorte fuera del propio clan, de un sitio o aldea determinada o de una clase social. Podemos así hablar de exogamia de clan, local o social.
Nuevas propuestas o modelos de familia
• Matrimonios a prueba: se unen por un tiempo determinado para probar si son capaces de convivir, si tienen compatibilidad afectiva y sexual. Esto contradice el sentido unitario y único del matrimonio, al mismo tiempo que no crea responsabilidades permanentes. La dificultad más clara es la educación de la prole.
• Uniones de personas del mismo sexo.
• Matrimonios compartidos: donde cada uno de los esposos tendría derecho a mantener relaciones amorosas con otras personas sin romper la unidad matrimonial (poligamia legal) Swinger.
• Familias sin hijos
• Familias ensambladas: es una forma de poligamia. Padres separados que forman nuevas parejas y así se asumen y comparten los hijos, que terminan siendo hermanos.
• Chicos de la calle sin familia
Bibliografía:
Mifsud, T. Una reivindicación ética de la sexualidad humana. Ed. Paulinas, pág. 249 ss
Documento de Puebla 266
Familiaris consortio 26
UNIDAD 6
El amor, principio y fuerza de la comunión
La palabra amor, expresa distintas realidades que tienen algo en común.
Veamos un breve vocabulario de la palabra amor
• Afectio: destaca el elemento de pasión en el amor (dolorosa o gozosa). El amor se padece (elemento pasivo sensitivo)
• Dilectio: indica elección. Elemento activo no sensitivo
• Studium: actitud de servicio, de estar a disposición de aquél a quien se ama
• Pietas: compasión, atención, comprensión
• Cáritas: estimativa de valor, o del precio del objeto amado (caro). Indica el núcleo del amor verdadero, incluído el de Dios.
• Amor: abarca todas las dimensiones, tanto lo sensitivo como lo anímico, lo espiritual y lo sobrenatural, lo pasivo y lo activo.
Otros nombres o clases de amor
• Eros: indica el elemento del impulso, ímpetu, inclinación que se inflama ante la belleza corporal o la contemplación de la hermosura espiritual. Abarca tanto lo corporal como lo anímico.
• Philía: amistad. Indica el elemento de comunión o solidaridad, que perdura en el tiempo no solo entre los amigos, también entre compatriotas, esposos, etc. La amistad es querer los dos las mismas cosas. “No es mirarse a los ojos, sino mirar los dos en la misma dirección”
• Ágape: del griego bíblico, se reserva generalmente para el amor de caridad hacia Dios en sentido religioso.
• Filantropía: amor de benevolencia. El que ama a alguien por sí mismo, sin buscar recompensa.
• De concupiscencia: el que ama por el placer o beneficio que recibe.
El amor es una virtud relacional, que nos abre al Otro y a los otros. No se puede hablar de amor sin dos sujetos que se amen.
Por eso podemos distinguir:
• Amor de benevolencia: es el amor que se da sin esperar respuesta. Filantropía.
• Amor de amistad: es el amor que se da entre dos personas recíprocamente.
• Amor de Caridad: es el amor a Dios y a los hombres por amor de Dios.
Significados equívocos de amor
• Sexo: “hacer el amor”. Identifica amor con eros o libido o genitalidad.
• Gustar de: (to like, to love, to fond of hechizo). Se gusta de las cosas, a las personas se las ama.
Elemento común:
• Tendencia activa y pasión o hechizo que nos sobreviene
• Conmoción y tensión a gozar o poseer
• Posesión y entrega o donación
• Inclinación hacia Dios o hacia las creaturas, o hacia los bienes materiales
El amor es una aprobación. Declarar que algo es bueno. Reconocimiento de la bondad del objeto amado y de su ser o existencia. Confirmación de la persona amada en su ser: “es bueno que tú existas”.
El amor es elección o preferencia: amar es elegir o preferir “qué bueno es estar con vos”
El amor es tendencia a la comunión (comunicación de bienes)
Cáritas Ágape: no se opone al eros, como la Gracia no se opone a la naturaleza, sino que la perfecciona y eleva.
Comprende en sí misma todas las formas del amor humano. La propia capacidad de amar del hombre es elevada a la participación en el querer creador de Dios.
Si la caridad eleva y perfecciona, el Ágape no es simplemente un paso más allá ni una simple sublimación, sino que es el amor humano transformado y asumido en el amor divino y en el misterio Pascual, amor humano muerto y resucitado.
Bigliografía
Benedicto XVI, Deus Caritas est.
La familia comunidad de personas
Familiaris consortio
“En el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto de relaciones interpersonales —relación conyugal, paternidad-maternidad, filiación, fraternidad— mediante las cuales toda persona humana queda introducida en la «familia humana» y en la «familia de Dios», que es la Iglesia.
El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia; en efecto, dentro de la familia la persona humana no sólo es engendrada y progresivamente introducida, mediante la educación, en la comunidad humana, sino que mediante la regeneración por el bautismo y la educación en la fe, es introducida también en la familia de Dios, que es la Iglesia.
La familia humana, disgregada por el pecado, queda reconstituida en su unidad por la fuerza redentora de la muerte y resurrección de Cristo.(37) El matrimonio cristiano, partícipe de la eficacia salvífica de este acontecimiento, constituye el lugar natural dentro del cual se lleva a cabo la inserción de la persona humana en la gran familia de la Iglesia.
El mandato de crecer y multiplicarse, dado al principio al hombre y a la mujer, alcanza de este modo su verdad y realización plenas.
La Iglesia encuentra así en la familia, nacida del sacramento, su cuna y el lugar donde puede actuar la propia inserción en las generaciones humanas, y éstas, a su vez, en la Iglesia” 15
FORMACIÓN DE UNA COMUNIDAD DE PERSONAS
El amor, principio y fuerza de la comunión
18. La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas: del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de personas.
El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas. Cuanto he escrito en la encíclica Redemptor hominis encuentra su originalidad y aplicación privilegiada precisamente en la familia en cuanto tal: «El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente».(45)
El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma derivada y más amplia, el amor entre los miembros de la misma familia —entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, entre parientes y familiares— está animado e impulsado por un dinamismo interior e incesante que conduce la familia a una comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de la comunidad conyugal y familiar.
Unidad indivisible de la comunión conyugal
19. La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer «no son ya dos, sino una sola carne»(46) y están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total.
Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por esto tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia humana, la confirma, la purifica y la eleva conduciéndola a perfección con el sacramento del matrimonio: el Espíritu Santo infundido en la celebración sacramental ofrece a los esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo místico del Señor Jesús.
El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los esposos cristianos y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia una unión cada vez más rica entre ellos, a todos los niveles —del cuerpo, del carácter, del corazón, de la inteligencia y voluntad, del alma(47)—, revelando así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada por la gracia de Cristo.
Semejante comunión queda radicalmente contradicha por la poligamia; ésta, en efecto, niega directamente el designio de Dios tal como es revelado desde los orígenes, porque es contraria a la igual dignidad personal del hombre y de la mujer, que en el matrimonio se dan con un amor total y por lo mismo único y exclusivo. Así lo dice el Concilio Vaticano II: «La unidad matrimonial confirmada por el Señor aparece de modo claro incluso por la igual dignidad personal del hombre y de la mujer, que debe ser reconocida en el mutuo y pleno amor».(48)
Una comunión indisoluble
20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad, sino también por su indisolubilidad: «Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad».(49)
Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho los Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza.(50)
Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.
Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un «corazón nuevo»: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la «dureza de corazón»,(51) sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el «testigo fiel»,(52) es el «sí» de las promesas de Dios(53) y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin.(54)
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor: «lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre».(55)
Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo. Por esto, junto con todos los Hermanos en el Episcopado que han tomado parte en el Sínodo de los Obispos, alabo y aliento a las numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera útil y valiente, el cometido a ellas confiado de ser un «signo» en el mundo —un signo pequeño y precioso, a veces expuesto a tentación, pero siempre renovado— de la incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión: también estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad. Por ello deben ser animados y ayudados por los pastores y por los fieles de la Iglesia.
La más amplia comunión de la familia
21. La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el cual se va edificando la más amplia comunión de la familia, de los padres y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas entre sí, de los parientes y demás familiares.
Esta comunión radica en los vínculos naturales de la carne y de la sangre y se desarrolla encontrando su perfeccionamiento propiamente humano en el instaurarse y madurar de vínculos todavía más profundos y ricos del espíritu: el amor que anima las relaciones interpersonales de los diversos miembros de la familia, constituye la fuerza interior que plasma y vivifica la comunión y la comunidad familiar.
La familia cristiana está llamada además a hacer la experiencia de una nueva y original comunión, que confirma y perfecciona la natural y humana. En realidad la gracia de Cristo, «el Primogénito entre los hermanos»,(56) es por su naturaleza y dinamismo interior una «gracia fraterna como la llama santo Tomás de Aquino.(57) El Espíritu Santo, infundido en la celebración de los sacramentos, es la raíz viva y el alimento inagotable de la comunión sobrenatural que acumuna y vincula a los creyentes con Cristo y entre sí en la unidad de la Iglesia de Dios. Una revelación y actuación específica de la comunión eclesial está constituida por la familia cristiana que también por esto puede y debe decirse «Iglesia doméstica».(58)
Todos los miembros de la familia, cada uno según su propio don, tienen la gracia y la responsabilidad de construir, día a día, la comunión de las personas, haciendo de la familia una «escuela de humanidad más completa y más rica»:(59) es lo que sucede con el cuidado y el amor hacia los pequeños, los enfermos y los ancianos; con el servicio recíproco de todos los días, compartiendo los bienes, alegrías y sufrimientos.
Un momento fundamental para construir tal comunión está constituido por el intercambio educativo entre padres e hijos,(60) en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el respeto, la obediencia a los padres, los hijos aportan su específica e insustituible contribución a la edificación de una familia auténticamente humana y cristiana.(61) En esto se verán facilitados si los padres ejercen su autoridad irrenunciable como un verdadero y propio «ministerio», esto es, como un servicio ordenado al bien humano y cristiano de los hijos, y ordenado en particular a hacerles adquirir una libertad verdaderamente responsable, y también si los padres mantienen viva la conciencia del «don» que continuamente reciben de los hijos.
La comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida familiar. Pero al mismo tiempo, cada familia está llamada por el Dios de la paz a hacer la experiencia gozosa y renovadora de la «reconciliación», esto es, de la comunión reconstruida, de la unidad nuevamente encontrada. En particular la participación en el sacramento de la reconciliación y en el banquete del único Cuerpo de Cristo ofrece a la familia cristiana la gracia y la responsabilidad de superar toda división y caminar hacia la plena verdad de la comunión querida por Dios, respondiendo así al vivísimo deseo del Señor: que todos «sean una sola cosa»
Derechos y obligaciones de la mujer
22. La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios. Como han afirmado justamente los Padres Sinodales, el criterio moral de la autenticidad de las relaciones conyugales y familiares consiste en la promoción de la dignidad y vocación de cada una de las personas, las cuales logran su plenitud mediante el don sincero de sí mismas.(63)
En esta perspectiva, el Sínodo ha querido reservar una atención privilegiada a la mujer, a sus derechos y deberes en la familia y en la sociedad. En la misma perspectiva deben considerarse también el hombre como esposo y padre, el niño y los ancianos.
De la mujer hay que resaltar, ante todo, la igual dignidad y responsabilidad respecto al hombre; tal igualdad encuentra una forma singular de realización en la donación de uno mismo al otro y de ambos a los hijos, donación propia del matrimonio y de la familia. Lo que la misma razón humana intuye y reconoce, es revelado en plenitud por la Palabra de Dios; en efecto, la historia de la salvación es un testimonio continuo y luminoso de la dignidad de la mujer.
Creando al hombre «varón y mujer»,(64) Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer, enriqueciéndolos con los derechos inalienables y con las responsabilidades que son propias de la persona humana. Dios manifiesta también de la forma más elevada posible la dignidad de la mujer asumiendo Él mismo la carne humana de María Virgen, que la Iglesia honra como Madre de Dios, llamándola la nueva Eva y proponiéndola como modelo de la mujer redimida. El delicado respeto de Jesús hacia las mujeres que llamó a su seguimiento y amistad, su aparición la mañana de Pascua a una mujer antes que a los otros discípulos, la misión confiada a las mujeres de llevar la buena nueva de la Resurrección a los apóstoles, son signos que confirman la estima especial del Señor Jesús hacia la mujer. Dirá el Apóstol Pablo: «Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús».(65)
El hombre esposo y padre
25. Dentro de la comunión-comunidad conyugal y familiar, el hombre está llamado a vivir su don y su función de esposo y padre.
Él ve en la esposa la realización del designio de Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada»,(67) y hace suya la exclamación de Adán, el primer esposo: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne».(68)
El auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga profundo respeto por la igual dignidad de la mujer: «No eres su amo —escribe san Ambrosio— sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino como mujer... Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé para con ella agradecido por su amor».(69) El hombre debe vivir con la esposa «un tipo muy especial de amistad personal».(70) El cristiano además está llamado a desarrollar una actitud de amor nuevo, manifestando hacia la propia mujer la caridad delicada y fuerte que Cristo tiene a la Iglesia.(71)
El amor a la esposa madre y el amor a los hijos son para el hombre el camino natural para la comprensión y la realización de su paternidad. Sobre todo, donde las condiciones sociales y culturales inducen fácilmente al padre a un cierto desinterés respecto de la familia o bien a una presencia menor en la acción educativa, es necesario esforzarse para que se recupere socialmente la convicción de que el puesto y la función del padre en y por la familia son de una importancia única e insustituible.(72) Como la experiencia enseña, la ausencia del padre provoca desequilibrios psicológicos y morales, además de dificultades notables en las relaciones familiares, como también, en circunstancias opuestas, la presencia opresiva del padre, especialmente donde todavía vige el fenómeno del «machismo», o sea, la superioridad abusiva de las prerrogativas masculinas que humillan a la mujer e inhiben el desarrollo de sanas relaciones familiares.
Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de Dios,(73) el hombre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros de la familia. Realizará esta tarea mediante una generosa responsabilidad por la vida concebida junto al corazón de la madre, un compromiso educativo más solícito y compartido con la propia esposa,(74) un trabajo que no disgregue nunca la familia, sino que la promueva en su cohesión y estabilidad, un testimonio de vida cristiana adulta, que introduzca más eficazmente a los hijos en la experiencia viva de Cristo y de la Iglesia.
Derechos del niño
26. En la familia, comunidad de personas, debe reservarse una atención especialísima al niño, desarrollando una profunda estima por su dignidad personal, así como un gran respeto y un generoso servicio a sus derechos. Esto vale respecto a todo niño, pero adquiere una urgencia singular cuando el niño es pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o es minusválido.
Procurando y teniendo un cuidado tierno y profundo para cada niño que viene a este mundo, la Iglesia cumple una misión fundamental. En efecto, está llamada a revelar y a proponer en la historia el ejemplo y el mandato de Cristo, que ha querido poner al niño en el centro del Reino de Dios: «Dejad que los niños vengan a mí, ... que de ellos es el reino de los cielos».(75)
Repito nuevamente lo que dije en la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 2 de octubre de 1979: «Deseo ... expresar el gozo que para cada uno de nosotros constituyen los niños, primavera de la vida, anticipo de la historia futura de cada una de las patrias terrestres actuales. Ningún país del mundo, ningún sistema político puede pensar en el propio futuro, si no es a través de la imagen de estas nuevas generaciones que tomarán de sus padres el múltiple patrimonio de los valores, de los deberes y de las aspiraciones de la nación a la que pertenecen, junto con el de toda la familia humana. La solicitud por el niño, incluso antes de su nacimiento, desde el primer momento de su concepción y, a continuación, en los años de la infancia y de la juventud es la verificación primaria y fundamental de la relación del hombre con el hombre. Y por eso, ¿qué más se podría desear a cada nación y a toda la humanidad, a todos los niños del mundo, sino un futuro mejor en el que el respeto de los Derechos del Hombre llegue a ser una realidad plena en las dimensiones del 2000 que se acerca?».(76)
La acogida, el amor, la estima, el servicio múltiple y unitario —material, afectivo, educativo, espiritual— a cada niño que viene a este mundo, deberá constituir siempre una nota distintiva e irrenunciable de los cristianos, especialmente de las familias cristianas; así los niños, a la vez que crecen «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres»,(77) serán una preciosa ayuda para la edificación de la comunidad familiar y para la misma santificación de los padres.(78)
Los ancianos en familia
27. Hay culturas que manifiestan una singular veneración y un gran amor por el anciano; lejos de ser apartado de la familia o de ser soportado como un peso inútil, el anciano permanece inserido en la vida familiar, sigue tomando parte activa y responsable —aun debiendo respetar la autonomía de la nueva familia— y sobre todo desarrolla la preciosa misión de testigo del pasado e inspirador de sabiduría para los jóvenes y para el futuro.
Otras culturas, en cambio, especialmente como consecuencia de un desordenado desarrollo industrial y urbanístico, han llevado y siguen llevando a los ancianos a formas inaceptables de marginación, que son fuente a la vez de agudos sufrimientos para ellos mismos y de empobrecimiento espiritual para tantas familias.
Es necesario que la acción pastoral de la Iglesia estimule a todos a descubrir y a valorar los cometidos de los ancianos en la comunidad civil y eclesial, y en particular en la familia. En realidad, «la vida de los ancianos ayuda a clarificar la escala de valores humanos; hace ver la continuidad de las generaciones y demuestra maravillosamente la interdependencia del Pueblo de Dios. Los ancianos tienen además el carisma de romper las barreras entre las generaciones antes de que se consoliden: ¡Cuántos niños han hallado comprensión y amor en los ojos, palabras y caricias de los ancianos! y ¡cuánta gente mayor no ha subscrito con agrado las palabras inspiradas "la corona de los ancianos son los hijos de sus hijos" (Prov 17, 6)!».(79)
Gaudium et spes
“Muchas veces a los novios y a los casados les invita la palabra divina a que alimenten y fomenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con un amor único. Muchos contemporáneos nuestros exaltan también el amor auténtico entre marido y mujer, manifestado de varias maneras según las costumbres honestas de los pueblos y las épocas. Este amor, por ser eminentemente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y , por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad. Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura, e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto, con mucho la inclinación puramente erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente.
Esta amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud. Este amor, ratificado por la mutua fidelidad y, sobre todo, por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, queda excluido de él todo adulterio y divorcio. El reconocimiento obligatorio de la igual dignidad personal del hombre y de la mujer en el mutuo y pleno amor evidencia también claramente la unidad del matrimonio confirmada por el Señor. Para hacer frente con constancia a las obligaciones de esta vocación cristiana se requiere una insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados por la gracia para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en el amor, la magnanimidad de corazón y el espíritu de sacrificio, pidiéndolos asiduamente en la oración.
Se apreciará más hondamente el genuino amor conyugal y se formará una opinión pública sana acerca de él si los esposos cristianos sobresalen con el testimonio de su fidelidad y armonía en el mutuo amor y en el cuidado por la educación de sus hijos y si participan en la necesaria renovación cultural, psicológica y social en favor del matrimonio y de la familia. Hay que formar a los jóvenes, a tiempo y convenientemente, sobre la dignidad, función y ejercicio del amor conyugal, y esto preferentemente en el seno de la misma familia. Así, educados en el culto de la castidad, podrán pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo al matrimonio” 49.
El progreso del matrimonio y de la familia, obra de todos
“ La familia es escuela del más rico humanismo. Para que pueda lograr la plenitud de su vida y misión se requieren un clima de benévola comunicación y unión de propósitos entre los cónyuges y una cuidadosa cooperación de los padres en la educación de los hijos. La activa presencia del padre contribuye sobremanera a la formación de los hijos; pero también debe asegurarse el cuidado de la madre en el hogar, que necesitan principalmente los niños menores, sin dejar por eso a un lado la legítima promoción social de la mujer. La educación de los hijos ha de ser tal, que al llegar a la edad adulta puedan, con pleno sentido de la responsabilidad, seguir la vocación, aun la sagrada, y escoger estado de vida; y si éste es el matrimonio, puedan fundar una familia propia en condiciones morales, sociales y económicas adecuadas. Es propio de los padres o de los tutores guiar a los jóvenes con prudentes consejos, que ellos deben oír con gusto, al tratar de fundar una familia, evitando, sin embargo, toda coacción directa o indirecta que les lleve a casarse o a elegir determinada persona.
Así, la familia, en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social, constituye el fundamente de la sociedad. Por ello todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales deben contribuir eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia. El poder civil ha de considerar obligación suya sagrada reconocer la verdadera naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y ayudarla, asegurar la moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica. Hay que salvaguardar el derecho de los padres a procrear y a educar en el seno de la familia a sus hijos. Se debe proteger con legislación adecuada y diversas instituciones y ayudar de forma suficiente a aquellos que desgraciadamente carecen del bien de una familia propia.
Los cristianos, rescatando el tiempo presente y distinguiendo lo eterno de lo pasajero, promuevan con diligencia los bienes del matrimonio y de la familia así con el testimonio de la propia vida como con la acción concorde con los hombres de buena voluntad, y de esta forma, suprimidas las dificultades, satisfarán las necesidades de la familia y las ventajas adecuadas a los nuevos tiempos. Para obtener este fin ayudarán mucho el sentido cristiano de los fieles, la recta conciencia moral de los hombres y la sabiduría y competencia de las personas versadas en las ciencias sagradas.
Los científicos, principalmente los biólogos, los médicos, los sociólogos y los psicólogos, pueden contribuir mucho al bien del matrimonio y de la familia y a la paz de las conciencias si se esfuerzan por aclarar más a fondo, con estudios convergentes, las diversas circunstancias favorables a la honesta ordenación de la procreación humana.
Pertenece a los sacerdotes, debidamente preparados en el tema de la familia, fomentar la vocación de los esposos en la vida conyugal y familiar con distintos medios pastorales, con la predicación de la palabra de Dios, con el culto litúrgico y otras ayudas espirituales; fortalecerlos humana y pacientemente en las dificultades y confortarlos en la caridad para que formen familias realmente espléndidas.
Las diversas obras, especialmente las asociaciones familiares, pondrán todo el empeño posible en instruir a los jóvenes y a los cónyuges mismos, principalmente a los recién casados, en la doctrina y en la acción y en formarlos para la vida familiar, social y apostólica.
Los propios cónyuges, finalmente, hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de pensar idéntico y mutua santidad, para que, habiendo seguido a Cristo, principio de vida, en los gozos y sacrificios de su vocación por medio de su fiel amor, sean testigos de aquel misterio de amor que el Señor con su muerte y resurrección reveló al mundo.
Las diversas obras, especialmente las asociaciones familiares, pondrán todo el empeño posible en instruir a los jóvenes y a los cónyuges mismos, principalmente a los recién casados, en la doctrina y en la acción y en formarlos para la vida familiar, social y apostólica.
Los propios cónyuges, finalmente, hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de pensar idéntico y mutua santidad, para que, habiendo seguido a Cristo, principio de vida, en los gozos y sacrificios de su vocación por medio de su fiel amor, sean testigos de aquel misterio de amor que el Señor con su muerte y resurrección reveló al mundo” 52
La Comunidad Familiar en el plan Salvífico de Dios
Hemos visto que el hombre es un ser hecho para compartir la vida con otros hombres. Desde su concepción, está llamado a la vida social, de modo tal que depende de sus semejantes tanto para vivir como para “llegar a ser” socialmente humano.
Nadie puede darse la vida a sí mismo. Tampoco desarrollarse sin la presencia de la madre que le presta su cuerpo.
Una vez nacido requiere del cuidado, la alimentación, el calor y el amor de sus familiares.
Es en esa comunidad pequeña de la familia, donde aprende a conocer el mundo que lo rodea.
“Su mundo” es su familia. Primero la madre, con quien tienen el primer contacto relacional. Luego el padre y los demás mimbros.
Su desarrollo y educación dependerán de los demás y el proceso de socialización partirá necesariamente de su núcleo familiar.
Tan importante es la familia para el ser humano, que sin ella no podría alcanzar la plena humanización.
Si el hombre es el resultado de su herencia y su adquisición social, lo primero que lo va configurando es la familia.
“El matrimonio y la familia son un proyecto de Dios que invita al hombre y a la mujer creados por amor, a realizar su proyecto de amor en fidelidad hasta la muerte” (SD 217)
“Dios con la creación del hombre y la mujer a su imagen y semejanza, corona y lleva a perfección la obra de sus manos; los llama a una especial participación en su amor y al mismo tiempo en su poder de creador y Padre, mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión de la vida” (FC 28)
“Creados por Dios para el amor mutuo, en el varón y la mujer el matrimonio surge de la misma naturaleza. La paternidad y maternidad humanas, aún siendo biológicamente parecidas a las de otros seres de la naturaleza, tienen en sí mismas, de manera esencial y exclusiva, una “semejanza” con Dios, sobre la que se funda la familia, entendida como comunidad de vida humana, como comunidad de personas unidas en el amor” (FC 6 Directorio de Pastoral Familiar 15)
Si el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, también la familia encuentra su imagen en el Creador. El misterio trinitario, origen y meta de toda la creación, imprime en el corazón del hombre, el deseo de la unión por el amor, como realización plenificadora.
El misterio trinitario se explica en algún sentido por la relación de amor entre el Padre y el Hijo.
El Padre es padre porque tiene un hijo y Éste lo es porque tiene padre, y existe entre ellos una relación de amor personal, el Espíritu Santo.
El Padre es desde toda la eternidad el origen de la Trinidad y ha engendrado al Hijo, que es consubstancial al Padre. Del Padre y del Hijo procede por efusión el Espíritu Santo (Nicea 325, Constantinopla 351)
De allí que el hombre, único ser espiritual y material a su vez, creado a imagen de Dios, realice en su vida esta relación de íntima unidad en la diversidad. La familia es un analogado de la Trinidad, como lugar y fuente de amor.
En el AT aparece la familia, como protagonista del plan salvífico de Dios.
El Pueblo de Israel tiene su origen en una familia, la de Abraham y Sara; y a lo largo de su historia se va a identificar con esta realidad. “El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”.
Las doce tribus tienen su origen en una familia (la de Jacob o Israel)
En el NT, el Hijo de Dios quiso nacer en una familia. Dios, el Padre, le preparó una familia humana, la Sagrada Familia de Nazaret de María y José.
La vida de Jesús trasncurrió en medio de una comunidad familiar.
De hecho los relatos genealógicos, lo ubican siempre en medio de una familia humana con el origen en Adán o Abraham, según el Evangelio que tomemos.
Jesús vive una realidad familiar y comunitaria. Por eso se habla muchas veces de los hermanos de Jesús, de sus parientes.
El Señor va a ampliar su contexto familiar a aquellos que cumplen la Palabra de Dios. De eso modo asocia a todos los hombres a su familia.
Modelos culturales
Existen diversas teorías acerca del origen de la comunidad familiar. Tomaremos dos opuestos para comprender de qué se trata.
1. El evolucionismo regresivo ( los etnólogos modernos Thurwald, Schmit, Koppers) sostiene que el matrimonio nació monógamo, luego se hizo polígamo pasando después a la unión de grupos y finalmente la promiscuidad sexual.
2. El evolucionismo progresivo (autores de finales del siglo XIX como Bachofen, Machennon, Morgan, Engels) sostiene lo contrario. Desde la promiscuidad sexual, el hombre ha ido evolucionando hasta llegar a la monogamia.
Hay experiencias de matrimonios grupales, ya sea simultáneo (un grupo de hombres de una tribu con un grupo de mujeres de otra al mismo tiempo) como los Nair de la India, los Olo-ot de Borneo; ya sea sucesivo (levirato) como se daba en Israel, Melanesia, India.
Patriarcado y Matriarcado
Entre los pueblos nómadas y pastoriles predomina la figura paterna, el patriarca, jefe de familia o clan. Es el modelo familiar indoeuropeo, semita y de los pueblos de ellos derivados (griegos, romanos, eslavos, germanos, babilonios, asirios, hititas, árabes, israelitas, etc.). Las características principales del patriarcado son: monogamia o poligamia, promogenitura, transmisión del apellido paterno, elección paterna de las esposas de los hijos. La ley fundamental es la patria potestas del padre sobre los hijos, que en algunos casos llegaba a ser sobre la vida y la muerte.
El esposo, en este modelo cultural era el rey de la casa.
A pesar de ser menos frecuente, el matriarcado aún existe en algunos pueblos de la India (dravidas, vedas, etc.) de África (bantúes del Congo), de Oceanía (Islas Salomón, Nuevas Hébridas), Indios americanos (iroqueses, apaches). Este modelo se caracteriza por: herencia por línea materna, exclusividad o al menos prevalencia, de las mujeres en las funciones cultuales (sacerdotizas), exaltación de la fecundidad, etc.
Según Schmit hay diversos grados de matriarcado:
a) La mujer cultivadora y propietaria, se casa con un hombre de otro grupo étnico político, el cual sigue viviendo con sus padres y sólo visita a su esposa de vez en cuando.
b) El hombre deja la casa de sus padres para vivir con su esposa, dueña y transmisora del derecho de propiedad de la tierra. La herencia sigue la línea materna y los hijos reciben el apellido de su madre.
c) Progresiva desnaturalización de los derechos de la madre debido a la creciente injerencia de sus parientes masculinos; especialmente de los hermanos, tíos paternos.
d) Hay una influencia cada vez más dominante del esposo y padre, que reemplaza al tío materno, en algunos casos después de un período previo de servidumbre en casa de su mujer.
Monogamia y poligamia
La poligamia tiene dos formas, la poliginia, esto es un esposo y varias mujeres; y la poliandria, o sea una esposa y muchos hombres.
La poligamia ha estado y está extendida, ya en su forma más estricta de un hombre y varias esposas “legales”, ya en la modalidad del concubinato legal o ilegal (una esposa legal y varias concubinas) en oriente. Otra forma es la de los casos de una especie de matrimonio ad tempus, a prueba (tribus de Persia, Japón, y lamentablemente ya presente en la cultura occidental)
La monogamia es lo más común y existe tanto en pueblos y religiones primitivos (veda, andamanes, aborígenes de Malaca, negritos de Filipinas, Karwela de Australia, algunos pigmeos de África central, etc.), como en pueblos evolucionados y modernos.
Como modelo cultural lo encontramos en Roma (el derecho legislava para una sola mater familiae), en el judaísmo (donde fue evolucionando desde la poligamia) y en el cristianismo que sólo admitió la poligamia desde su aparición.
Endogamia y exogamia
La endogamia es la práctica de casarse con personas del mismo linaje.
Puede ser:
a) familiar: entre hermanos (familias reales de Darfur, Thailandia, Ceilán, Polinesia, Madagascar, antiguo Egipto, indígenas de Hawai)
b) de clan o polis: en Atenas y todos los pueblos de origen patriarcal. Se casan con miembros del mismo pueblo. Con extranjeros lo hacen si adquieren el derecho de ciudadanía.
c) de clase o casta: prohíbe el matrimonio entre personas de distintas castas (India) o clase social (patricios y plebeyos en Roma, hombres libres y esclavos en Grecia) se buscaba mantener pura la raza.
Exogamia
Es la costumbre de buscar consorte fuera del propio clan, de un sitio o aldea determinada o de una clase social. Podemos así hablar de exogamia de clan, local o social.
Nuevas propuestas o modelos de familia
• Matrimonios a prueba: se unen por un tiempo determinado para probar si son capaces de convivir, si tienen compatibilidad afectiva y sexual. Esto contradice el sentido unitario y único del matrimonio, al mismo tiempo que no crea responsabilidades permanentes. La dificultad más clara es la educación de la prole.
• Uniones de personas del mismo sexo.
• Matrimonios compartidos: donde cada uno de los esposos tendría derecho a mantener relaciones amorosas con otras personas sin romper la unidad matrimonial (poligamia legal) Swinger.
• Familias sin hijos
• Familias ensambladas: es una forma de poligamia. Padres separados que forman nuevas parejas y así se asumen y comparten los hijos, que terminan siendo hermanos.
• Chicos de la calle sin familia
Bibliografía:
Mifsud, T. Una reivindicación ética de la sexualidad humana. Ed. Paulinas, pág. 249 ss
Documento de Puebla 266
Familiaris consortio 26
UNIDAD 6
El amor, principio y fuerza de la comunión
La palabra amor, expresa distintas realidades que tienen algo en común.
Veamos un breve vocabulario de la palabra amor
• Afectio: destaca el elemento de pasión en el amor (dolorosa o gozosa). El amor se padece (elemento pasivo sensitivo)
• Dilectio: indica elección. Elemento activo no sensitivo
• Studium: actitud de servicio, de estar a disposición de aquél a quien se ama
• Pietas: compasión, atención, comprensión
• Cáritas: estimativa de valor, o del precio del objeto amado (caro). Indica el núcleo del amor verdadero, incluído el de Dios.
• Amor: abarca todas las dimensiones, tanto lo sensitivo como lo anímico, lo espiritual y lo sobrenatural, lo pasivo y lo activo.
Otros nombres o clases de amor
• Eros: indica el elemento del impulso, ímpetu, inclinación que se inflama ante la belleza corporal o la contemplación de la hermosura espiritual. Abarca tanto lo corporal como lo anímico.
• Philía: amistad. Indica el elemento de comunión o solidaridad, que perdura en el tiempo no solo entre los amigos, también entre compatriotas, esposos, etc. La amistad es querer los dos las mismas cosas. “No es mirarse a los ojos, sino mirar los dos en la misma dirección”
• Ágape: del griego bíblico, se reserva generalmente para el amor de caridad hacia Dios en sentido religioso.
• Filantropía: amor de benevolencia. El que ama a alguien por sí mismo, sin buscar recompensa.
• De concupiscencia: el que ama por el placer o beneficio que recibe.
El amor es una virtud relacional, que nos abre al Otro y a los otros. No se puede hablar de amor sin dos sujetos que se amen.
Por eso podemos distinguir:
• Amor de benevolencia: es el amor que se da sin esperar respuesta. Filantropía.
• Amor de amistad: es el amor que se da entre dos personas recíprocamente.
• Amor de Caridad: es el amor a Dios y a los hombres por amor de Dios.
Significados equívocos de amor
• Sexo: “hacer el amor”. Identifica amor con eros o libido o genitalidad.
• Gustar de: (to like, to love, to fond of hechizo). Se gusta de las cosas, a las personas se las ama.
Elemento común:
• Tendencia activa y pasión o hechizo que nos sobreviene
• Conmoción y tensión a gozar o poseer
• Posesión y entrega o donación
• Inclinación hacia Dios o hacia las creaturas, o hacia los bienes materiales
El amor es una aprobación. Declarar que algo es bueno. Reconocimiento de la bondad del objeto amado y de su ser o existencia. Confirmación de la persona amada en su ser: “es bueno que tú existas”.
El amor es elección o preferencia: amar es elegir o preferir “qué bueno es estar con vos”
El amor es tendencia a la comunión (comunicación de bienes)
Cáritas Ágape: no se opone al eros, como la Gracia no se opone a la naturaleza, sino que la perfecciona y eleva.
Comprende en sí misma todas las formas del amor humano. La propia capacidad de amar del hombre es elevada a la participación en el querer creador de Dios.
Si la caridad eleva y perfecciona, el Ágape no es simplemente un paso más allá ni una simple sublimación, sino que es el amor humano transformado y asumido en el amor divino y en el misterio Pascual, amor humano muerto y resucitado.
Bigliografía
Benedicto XVI, Deus Caritas est.
La familia comunidad de personas
Familiaris consortio
“En el matrimonio y en la familia se constituye un conjunto de relaciones interpersonales —relación conyugal, paternidad-maternidad, filiación, fraternidad— mediante las cuales toda persona humana queda introducida en la «familia humana» y en la «familia de Dios», que es la Iglesia.
El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia; en efecto, dentro de la familia la persona humana no sólo es engendrada y progresivamente introducida, mediante la educación, en la comunidad humana, sino que mediante la regeneración por el bautismo y la educación en la fe, es introducida también en la familia de Dios, que es la Iglesia.
La familia humana, disgregada por el pecado, queda reconstituida en su unidad por la fuerza redentora de la muerte y resurrección de Cristo.(37) El matrimonio cristiano, partícipe de la eficacia salvífica de este acontecimiento, constituye el lugar natural dentro del cual se lleva a cabo la inserción de la persona humana en la gran familia de la Iglesia.
El mandato de crecer y multiplicarse, dado al principio al hombre y a la mujer, alcanza de este modo su verdad y realización plenas.
La Iglesia encuentra así en la familia, nacida del sacramento, su cuna y el lugar donde puede actuar la propia inserción en las generaciones humanas, y éstas, a su vez, en la Iglesia” 15
FORMACIÓN DE UNA COMUNIDAD DE PERSONAS
El amor, principio y fuerza de la comunión
18. La familia, fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas: del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es el de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una auténtica comunidad de personas.
El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de tal cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas. Cuanto he escrito en la encíclica Redemptor hominis encuentra su originalidad y aplicación privilegiada precisamente en la familia en cuanto tal: «El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido, si no le es revelado el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente».(45)
El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, de forma derivada y más amplia, el amor entre los miembros de la misma familia —entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, entre parientes y familiares— está animado e impulsado por un dinamismo interior e incesante que conduce la familia a una comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de la comunidad conyugal y familiar.
Unidad indivisible de la comunión conyugal
19. La comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los cónyuges; en virtud del pacto de amor conyugal, el hombre y la mujer «no son ya dos, sino una sola carne»(46) y están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total.
Esta comunión conyugal hunde sus raíces en el complemento natural que existe entre el hombre y la mujer y se alimenta mediante la voluntad personal de los esposos de compartir todo su proyecto de vida, lo que tienen y lo que son; por esto tal comunión es el fruto y el signo de una exigencia profundamente humana. Pero, en Cristo Señor, Dios asume esta exigencia humana, la confirma, la purifica y la eleva conduciéndola a perfección con el sacramento del matrimonio: el Espíritu Santo infundido en la celebración sacramental ofrece a los esposos cristianos el don de una comunión nueva de amor, que es imagen viva y real de la singularísima unidad que hace de la Iglesia el indivisible Cuerpo místico del Señor Jesús.
El don del Espíritu Santo es mandamiento de vida para los esposos cristianos y al mismo tiempo impulso estimulante, a fin de que cada día progresen hacia una unión cada vez más rica entre ellos, a todos los niveles —del cuerpo, del carácter, del corazón, de la inteligencia y voluntad, del alma(47)—, revelando así a la Iglesia y al mundo la nueva comunión de amor, donada por la gracia de Cristo.
Semejante comunión queda radicalmente contradicha por la poligamia; ésta, en efecto, niega directamente el designio de Dios tal como es revelado desde los orígenes, porque es contraria a la igual dignidad personal del hombre y de la mujer, que en el matrimonio se dan con un amor total y por lo mismo único y exclusivo. Así lo dice el Concilio Vaticano II: «La unidad matrimonial confirmada por el Señor aparece de modo claro incluso por la igual dignidad personal del hombre y de la mujer, que debe ser reconocida en el mutuo y pleno amor».(48)
Una comunión indisoluble
20. La comunión conyugal se caracteriza no sólo por su unidad, sino también por su indisolubilidad: «Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad».(49)
Es deber fundamental de la Iglesia reafirmar con fuerza —como han hecho los Padres del Sínodo— la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio; a cuantos, en nuestros días, consideran difícil o incluso imposible vincularse a una persona por toda la vida y a cuantos son arrastrados por una cultura que rechaza la indisolubilidad matrimonial y que se mofa abiertamente del compromiso de los esposos a la fidelidad, es necesario repetir el buen anuncio de la perennidad del amor conyugal que tiene en Cristo su fundamento y su fuerza.(50)
Enraizada en la donación personal y total de los cónyuges y exigida por el bien de los hijos, la indisolubilidad del matrimonio halla su verdad última en el designio que Dios ha manifestado en su Revelación: Él quiere y da la indisolubilidad del matrimonio como fruto, signo y exigencia del amor absolutamente fiel que Dios tiene al hombre y que el Señor Jesús vive hacia su Iglesia.
Cristo renueva el designio primitivo que el Creador ha inscrito en el corazón del hombre y de la mujer, y en la celebración del sacramento del matrimonio ofrece un «corazón nuevo»: de este modo los cónyuges no sólo pueden superar la «dureza de corazón»,(51) sino que también y principalmente pueden compartir el amor pleno y definitivo de Cristo, nueva y eterna Alianza hecha carne. Así como el Señor Jesús es el «testigo fiel»,(52) es el «sí» de las promesas de Dios(53) y consiguientemente la realización suprema de la fidelidad incondicional con la que Dios ama a su pueblo, así también los cónyuges cristianos están llamados a participar realmente en la indisolubilidad irrevocable, que une a Cristo con la Iglesia su esposa, amada por Él hasta el fin.(54)
El don del sacramento es al mismo tiempo vocación y mandamiento para los esposos cristianos, para que permanezcan siempre fieles entre sí, por encima de toda prueba y dificultad, en generosa obediencia a la santa voluntad del Señor: «lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre».(55)
Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es uno de los deberes más preciosos y urgentes de las parejas cristianas de nuestro tiempo. Por esto, junto con todos los Hermanos en el Episcopado que han tomado parte en el Sínodo de los Obispos, alabo y aliento a las numerosas parejas que, aun encontrando no leves dificultades, conservan y desarrollan el bien de la indisolubilidad; cumplen así, de manera útil y valiente, el cometido a ellas confiado de ser un «signo» en el mundo —un signo pequeño y precioso, a veces expuesto a tentación, pero siempre renovado— de la incansable fidelidad con que Dios y Jesucristo aman a todos los hombres y a cada hombre. Pero es obligado también reconocer el valor del testimonio de aquellos cónyuges que, aun habiendo sido abandonados por el otro cónyuge, con la fuerza de la fe y de la esperanza cristiana no han pasado a una nueva unión: también estos dan un auténtico testimonio de fidelidad, de la que el mundo tiene hoy gran necesidad. Por ello deben ser animados y ayudados por los pastores y por los fieles de la Iglesia.
La más amplia comunión de la familia
21. La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el cual se va edificando la más amplia comunión de la familia, de los padres y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas entre sí, de los parientes y demás familiares.
Esta comunión radica en los vínculos naturales de la carne y de la sangre y se desarrolla encontrando su perfeccionamiento propiamente humano en el instaurarse y madurar de vínculos todavía más profundos y ricos del espíritu: el amor que anima las relaciones interpersonales de los diversos miembros de la familia, constituye la fuerza interior que plasma y vivifica la comunión y la comunidad familiar.
La familia cristiana está llamada además a hacer la experiencia de una nueva y original comunión, que confirma y perfecciona la natural y humana. En realidad la gracia de Cristo, «el Primogénito entre los hermanos»,(56) es por su naturaleza y dinamismo interior una «gracia fraterna como la llama santo Tomás de Aquino.(57) El Espíritu Santo, infundido en la celebración de los sacramentos, es la raíz viva y el alimento inagotable de la comunión sobrenatural que acumuna y vincula a los creyentes con Cristo y entre sí en la unidad de la Iglesia de Dios. Una revelación y actuación específica de la comunión eclesial está constituida por la familia cristiana que también por esto puede y debe decirse «Iglesia doméstica».(58)
Todos los miembros de la familia, cada uno según su propio don, tienen la gracia y la responsabilidad de construir, día a día, la comunión de las personas, haciendo de la familia una «escuela de humanidad más completa y más rica»:(59) es lo que sucede con el cuidado y el amor hacia los pequeños, los enfermos y los ancianos; con el servicio recíproco de todos los días, compartiendo los bienes, alegrías y sufrimientos.
Un momento fundamental para construir tal comunión está constituido por el intercambio educativo entre padres e hijos,(60) en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el respeto, la obediencia a los padres, los hijos aportan su específica e insustituible contribución a la edificación de una familia auténticamente humana y cristiana.(61) En esto se verán facilitados si los padres ejercen su autoridad irrenunciable como un verdadero y propio «ministerio», esto es, como un servicio ordenado al bien humano y cristiano de los hijos, y ordenado en particular a hacerles adquirir una libertad verdaderamente responsable, y también si los padres mantienen viva la conciencia del «don» que continuamente reciben de los hijos.
La comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran espíritu de sacrificio. Exige, en efecto, una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente la propia comunión: de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida familiar. Pero al mismo tiempo, cada familia está llamada por el Dios de la paz a hacer la experiencia gozosa y renovadora de la «reconciliación», esto es, de la comunión reconstruida, de la unidad nuevamente encontrada. En particular la participación en el sacramento de la reconciliación y en el banquete del único Cuerpo de Cristo ofrece a la familia cristiana la gracia y la responsabilidad de superar toda división y caminar hacia la plena verdad de la comunión querida por Dios, respondiendo así al vivísimo deseo del Señor: que todos «sean una sola cosa»
Derechos y obligaciones de la mujer
22. La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios. Como han afirmado justamente los Padres Sinodales, el criterio moral de la autenticidad de las relaciones conyugales y familiares consiste en la promoción de la dignidad y vocación de cada una de las personas, las cuales logran su plenitud mediante el don sincero de sí mismas.(63)
En esta perspectiva, el Sínodo ha querido reservar una atención privilegiada a la mujer, a sus derechos y deberes en la familia y en la sociedad. En la misma perspectiva deben considerarse también el hombre como esposo y padre, el niño y los ancianos.
De la mujer hay que resaltar, ante todo, la igual dignidad y responsabilidad respecto al hombre; tal igualdad encuentra una forma singular de realización en la donación de uno mismo al otro y de ambos a los hijos, donación propia del matrimonio y de la familia. Lo que la misma razón humana intuye y reconoce, es revelado en plenitud por la Palabra de Dios; en efecto, la historia de la salvación es un testimonio continuo y luminoso de la dignidad de la mujer.
Creando al hombre «varón y mujer»,(64) Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer, enriqueciéndolos con los derechos inalienables y con las responsabilidades que son propias de la persona humana. Dios manifiesta también de la forma más elevada posible la dignidad de la mujer asumiendo Él mismo la carne humana de María Virgen, que la Iglesia honra como Madre de Dios, llamándola la nueva Eva y proponiéndola como modelo de la mujer redimida. El delicado respeto de Jesús hacia las mujeres que llamó a su seguimiento y amistad, su aparición la mañana de Pascua a una mujer antes que a los otros discípulos, la misión confiada a las mujeres de llevar la buena nueva de la Resurrección a los apóstoles, son signos que confirman la estima especial del Señor Jesús hacia la mujer. Dirá el Apóstol Pablo: «Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. No hay ya judío o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús».(65)
El hombre esposo y padre
25. Dentro de la comunión-comunidad conyugal y familiar, el hombre está llamado a vivir su don y su función de esposo y padre.
Él ve en la esposa la realización del designio de Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada»,(67) y hace suya la exclamación de Adán, el primer esposo: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne».(68)
El auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga profundo respeto por la igual dignidad de la mujer: «No eres su amo —escribe san Ambrosio— sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino como mujer... Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé para con ella agradecido por su amor».(69) El hombre debe vivir con la esposa «un tipo muy especial de amistad personal».(70) El cristiano además está llamado a desarrollar una actitud de amor nuevo, manifestando hacia la propia mujer la caridad delicada y fuerte que Cristo tiene a la Iglesia.(71)
El amor a la esposa madre y el amor a los hijos son para el hombre el camino natural para la comprensión y la realización de su paternidad. Sobre todo, donde las condiciones sociales y culturales inducen fácilmente al padre a un cierto desinterés respecto de la familia o bien a una presencia menor en la acción educativa, es necesario esforzarse para que se recupere socialmente la convicción de que el puesto y la función del padre en y por la familia son de una importancia única e insustituible.(72) Como la experiencia enseña, la ausencia del padre provoca desequilibrios psicológicos y morales, además de dificultades notables en las relaciones familiares, como también, en circunstancias opuestas, la presencia opresiva del padre, especialmente donde todavía vige el fenómeno del «machismo», o sea, la superioridad abusiva de las prerrogativas masculinas que humillan a la mujer e inhiben el desarrollo de sanas relaciones familiares.
Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de Dios,(73) el hombre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros de la familia. Realizará esta tarea mediante una generosa responsabilidad por la vida concebida junto al corazón de la madre, un compromiso educativo más solícito y compartido con la propia esposa,(74) un trabajo que no disgregue nunca la familia, sino que la promueva en su cohesión y estabilidad, un testimonio de vida cristiana adulta, que introduzca más eficazmente a los hijos en la experiencia viva de Cristo y de la Iglesia.
Derechos del niño
26. En la familia, comunidad de personas, debe reservarse una atención especialísima al niño, desarrollando una profunda estima por su dignidad personal, así como un gran respeto y un generoso servicio a sus derechos. Esto vale respecto a todo niño, pero adquiere una urgencia singular cuando el niño es pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o es minusválido.
Procurando y teniendo un cuidado tierno y profundo para cada niño que viene a este mundo, la Iglesia cumple una misión fundamental. En efecto, está llamada a revelar y a proponer en la historia el ejemplo y el mandato de Cristo, que ha querido poner al niño en el centro del Reino de Dios: «Dejad que los niños vengan a mí, ... que de ellos es el reino de los cielos».(75)
Repito nuevamente lo que dije en la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 2 de octubre de 1979: «Deseo ... expresar el gozo que para cada uno de nosotros constituyen los niños, primavera de la vida, anticipo de la historia futura de cada una de las patrias terrestres actuales. Ningún país del mundo, ningún sistema político puede pensar en el propio futuro, si no es a través de la imagen de estas nuevas generaciones que tomarán de sus padres el múltiple patrimonio de los valores, de los deberes y de las aspiraciones de la nación a la que pertenecen, junto con el de toda la familia humana. La solicitud por el niño, incluso antes de su nacimiento, desde el primer momento de su concepción y, a continuación, en los años de la infancia y de la juventud es la verificación primaria y fundamental de la relación del hombre con el hombre. Y por eso, ¿qué más se podría desear a cada nación y a toda la humanidad, a todos los niños del mundo, sino un futuro mejor en el que el respeto de los Derechos del Hombre llegue a ser una realidad plena en las dimensiones del 2000 que se acerca?».(76)
La acogida, el amor, la estima, el servicio múltiple y unitario —material, afectivo, educativo, espiritual— a cada niño que viene a este mundo, deberá constituir siempre una nota distintiva e irrenunciable de los cristianos, especialmente de las familias cristianas; así los niños, a la vez que crecen «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres»,(77) serán una preciosa ayuda para la edificación de la comunidad familiar y para la misma santificación de los padres.(78)
Los ancianos en familia
27. Hay culturas que manifiestan una singular veneración y un gran amor por el anciano; lejos de ser apartado de la familia o de ser soportado como un peso inútil, el anciano permanece inserido en la vida familiar, sigue tomando parte activa y responsable —aun debiendo respetar la autonomía de la nueva familia— y sobre todo desarrolla la preciosa misión de testigo del pasado e inspirador de sabiduría para los jóvenes y para el futuro.
Otras culturas, en cambio, especialmente como consecuencia de un desordenado desarrollo industrial y urbanístico, han llevado y siguen llevando a los ancianos a formas inaceptables de marginación, que son fuente a la vez de agudos sufrimientos para ellos mismos y de empobrecimiento espiritual para tantas familias.
Es necesario que la acción pastoral de la Iglesia estimule a todos a descubrir y a valorar los cometidos de los ancianos en la comunidad civil y eclesial, y en particular en la familia. En realidad, «la vida de los ancianos ayuda a clarificar la escala de valores humanos; hace ver la continuidad de las generaciones y demuestra maravillosamente la interdependencia del Pueblo de Dios. Los ancianos tienen además el carisma de romper las barreras entre las generaciones antes de que se consoliden: ¡Cuántos niños han hallado comprensión y amor en los ojos, palabras y caricias de los ancianos! y ¡cuánta gente mayor no ha subscrito con agrado las palabras inspiradas "la corona de los ancianos son los hijos de sus hijos" (Prov 17, 6)!».(79)
Gaudium et spes
“Muchas veces a los novios y a los casados les invita la palabra divina a que alimenten y fomenten el noviazgo con un casto afecto, y el matrimonio con un amor único. Muchos contemporáneos nuestros exaltan también el amor auténtico entre marido y mujer, manifestado de varias maneras según las costumbres honestas de los pueblos y las épocas. Este amor, por ser eminentemente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y , por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad. Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura, e impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto, con mucho la inclinación puramente erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente.
Esta amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud. Este amor, ratificado por la mutua fidelidad y, sobre todo, por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, queda excluido de él todo adulterio y divorcio. El reconocimiento obligatorio de la igual dignidad personal del hombre y de la mujer en el mutuo y pleno amor evidencia también claramente la unidad del matrimonio confirmada por el Señor. Para hacer frente con constancia a las obligaciones de esta vocación cristiana se requiere una insigne virtud; por eso los esposos, vigorizados por la gracia para la vida de santidad, cultivarán la firmeza en el amor, la magnanimidad de corazón y el espíritu de sacrificio, pidiéndolos asiduamente en la oración.
Se apreciará más hondamente el genuino amor conyugal y se formará una opinión pública sana acerca de él si los esposos cristianos sobresalen con el testimonio de su fidelidad y armonía en el mutuo amor y en el cuidado por la educación de sus hijos y si participan en la necesaria renovación cultural, psicológica y social en favor del matrimonio y de la familia. Hay que formar a los jóvenes, a tiempo y convenientemente, sobre la dignidad, función y ejercicio del amor conyugal, y esto preferentemente en el seno de la misma familia. Así, educados en el culto de la castidad, podrán pasar, a la edad conveniente, de un honesto noviazgo al matrimonio” 49.
El progreso del matrimonio y de la familia, obra de todos
“ La familia es escuela del más rico humanismo. Para que pueda lograr la plenitud de su vida y misión se requieren un clima de benévola comunicación y unión de propósitos entre los cónyuges y una cuidadosa cooperación de los padres en la educación de los hijos. La activa presencia del padre contribuye sobremanera a la formación de los hijos; pero también debe asegurarse el cuidado de la madre en el hogar, que necesitan principalmente los niños menores, sin dejar por eso a un lado la legítima promoción social de la mujer. La educación de los hijos ha de ser tal, que al llegar a la edad adulta puedan, con pleno sentido de la responsabilidad, seguir la vocación, aun la sagrada, y escoger estado de vida; y si éste es el matrimonio, puedan fundar una familia propia en condiciones morales, sociales y económicas adecuadas. Es propio de los padres o de los tutores guiar a los jóvenes con prudentes consejos, que ellos deben oír con gusto, al tratar de fundar una familia, evitando, sin embargo, toda coacción directa o indirecta que les lleve a casarse o a elegir determinada persona.
Así, la familia, en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social, constituye el fundamente de la sociedad. Por ello todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales deben contribuir eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia. El poder civil ha de considerar obligación suya sagrada reconocer la verdadera naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y ayudarla, asegurar la moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica. Hay que salvaguardar el derecho de los padres a procrear y a educar en el seno de la familia a sus hijos. Se debe proteger con legislación adecuada y diversas instituciones y ayudar de forma suficiente a aquellos que desgraciadamente carecen del bien de una familia propia.
Los cristianos, rescatando el tiempo presente y distinguiendo lo eterno de lo pasajero, promuevan con diligencia los bienes del matrimonio y de la familia así con el testimonio de la propia vida como con la acción concorde con los hombres de buena voluntad, y de esta forma, suprimidas las dificultades, satisfarán las necesidades de la familia y las ventajas adecuadas a los nuevos tiempos. Para obtener este fin ayudarán mucho el sentido cristiano de los fieles, la recta conciencia moral de los hombres y la sabiduría y competencia de las personas versadas en las ciencias sagradas.
Los científicos, principalmente los biólogos, los médicos, los sociólogos y los psicólogos, pueden contribuir mucho al bien del matrimonio y de la familia y a la paz de las conciencias si se esfuerzan por aclarar más a fondo, con estudios convergentes, las diversas circunstancias favorables a la honesta ordenación de la procreación humana.
Pertenece a los sacerdotes, debidamente preparados en el tema de la familia, fomentar la vocación de los esposos en la vida conyugal y familiar con distintos medios pastorales, con la predicación de la palabra de Dios, con el culto litúrgico y otras ayudas espirituales; fortalecerlos humana y pacientemente en las dificultades y confortarlos en la caridad para que formen familias realmente espléndidas.
Las diversas obras, especialmente las asociaciones familiares, pondrán todo el empeño posible en instruir a los jóvenes y a los cónyuges mismos, principalmente a los recién casados, en la doctrina y en la acción y en formarlos para la vida familiar, social y apostólica.
Los propios cónyuges, finalmente, hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de pensar idéntico y mutua santidad, para que, habiendo seguido a Cristo, principio de vida, en los gozos y sacrificios de su vocación por medio de su fiel amor, sean testigos de aquel misterio de amor que el Señor con su muerte y resurrección reveló al mundo.
Las diversas obras, especialmente las asociaciones familiares, pondrán todo el empeño posible en instruir a los jóvenes y a los cónyuges mismos, principalmente a los recién casados, en la doctrina y en la acción y en formarlos para la vida familiar, social y apostólica.
Los propios cónyuges, finalmente, hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de pensar idéntico y mutua santidad, para que, habiendo seguido a Cristo, principio de vida, en los gozos y sacrificios de su vocación por medio de su fiel amor, sean testigos de aquel misterio de amor que el Señor con su muerte y resurrección reveló al mundo” 52
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