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martes, 6 de octubre de 2009

SAN DAMIAN DE MOLOKAI

SANTO CURA DE ARS

Boletín Nº 2

DIÓCESIS DE SAN JUSTO
Parroquia SAN PABLO
Ramos Mejía
AÑO SACERDOTAL
El Santo Padre Benedicto XVI, ha declarado el año Sacerdotal, dedicado a San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, Patrono de los Párrocos y, desde este año, de todos los Sacerdotes del mundo.

DESERTOR INVOLUNTARIO

El apetito de poder de Napoleón era insaciable. Se había lanzado a la conquista de Europa, lo que provocó que muchos muriesen en su ejército. La falta de soldados lo llevó a reclutar más aun y en el 1806 la clase de Juan Bautista fue llamada a enlistarse. Pasaron dos años, pero en el otoño de 1809, Juan Bautista, a pesar de estar exento por ser seminarista, fue llamado para el ejército. Parece que el nombre de nuestro santo no estaba escrito en las listas oficiales de los estudiantes de la Iglesia que las diócesis proveían a las autoridades. El joven Vianney fue mandado a los regimientos de España. Sus padres trataron de encontrar un substituto y por la suma de 3,000 francos un joven se voluntarizó para ir en su lugar pero se arrepintió al último minuto.

El 26 de Octubre Juan Bautista entró en las barracas de Lyons solo para enfermarse. De aquí lo enviaron al hospital de Roanne donde la enfermera encargada lo ayudó a volver a tener el aspecto de buena salud. Enero 6, 1810, Juan Bautista dejó el hospital, para encontrarse con la noticia de que su compañía se había marchado hacía mucho tiempo. Solo quedaba el tratar de alcanzarles.

El invierno era recio y una fiebre altísima lo atacó lo que provocó que muy pronto no pudiese seguir avanzando. Entrando, en un cobertizo que le dio cobijo, se sentó sobre su bolsa y comenzó a rezar el Rosario. Dijo tiempo después que "Quizás nunca lo recé con tanta confianza". De pronto un extraño se le presentó frente a él y le preguntó: "¿qué estás haciendo aquí?". Juan Bautista le contó lo que le había pasado y desde ese momento el extraño cargó su pesada bolsa y le dijo que le siguiese. Llegaron a la casa de un labrador y allí estuvo por varios días hasta que se le pasó la fiebre. Mientras estaba en cama por primera vez pasó por su mente la realidad de que sin haber sido culpa suya, el era ahora un desertor.

Conocía al Mayor Paul Fayot, quién se dedicaba a esconder desertores y acudió a el, pero no tenía lugar y le recomendó quedarse en la casa de su prima Caludine Fayot, una viuda con cuatro niños. Desde ese momento Vianney adoptó el nombre de Jerome Vincent. Bajo ese nombre llegó hasta abrir una escuela para los niños de la villa.

En el 1810 un decreto imperial concedió amnistía a todos los desertores de los años 1806 a 1810. Juan Bautista estaba cubierto por este decreto así que era libre de regresar a casa y terminar sus estudios. La Divina Providencia y la asistencia de la Virgen lo habían salvado.

Su madre murió poco después de esta feliz reunión. Ahora tenía 24 años y el tiempo apremiaba. El 28 de Mayo de 1811 recibió la tonsura. El Padre Balley, viendo esencial que fuese a tomar estudios regulares lo mandó al Seminario Menor de Verrieres. Aquí el joven Vianney sufrió y tuvo gran faena, pero nunca brilló como un filósofo.

DIFICULTAD CON LOS ESTUDIOS

En Octubre 1813, entró en el Seminario Mayor de Lyons. Su inadecuado conocimiento del latín le hizo imposible captar lo que los profesores decían o responder a las preguntas que le eran hechas. Al final de su primer término le pidieron que se marchara, y su dolor y desaliento eran inmensos. Por algún tiempo pensó en irse a una de tantas congregaciones de hermanos religiosos; sin embargo una vez más el Padre Balley vino en su rescate y sus estudios le fueron dados en privado en Ecculy. Pero no pasó el examen previo a la ordenación. Un examen privado en la rectoría de Ecculy probó ser más satisfactorio y fue tomado como suficiente, siendo juzgadas justamente sus cualidades morales que sobrepasaban cualquier falta académica.

En Agosto 13, 1815, Juan Bautista Vianney fue elevado al sacerdocio, a esa inefable dignidad de la que tan frecuentemente hablaba diciendo: "El Sacerdote solo será entendido en el cielo"; tenía 29 años de edad.

Su primera Misa la dijo en la capilla de Seminario en Grenoble.

En su regreso a Ecculy la copa de felicidad rebosó cuando se enteró que sería ayudante de su santo amigo y maestro, el Padre Balley. Pero las autoridades diocesanas determinaron que por un tiempo, el que luego pasaría gran parte de su vida en un confesionario, no debía tener las facultades para confesar. Mas tarde, el Padre Balley habló con las autoridades eclesiásticas y el fue su primer penitente.

Su hermana Margarita decía: "él no predicaba muy bien todavía, pero la gente acudía en masa cuando le tocaba a él predicar".

En Diciembre 17, 1817, murió en sus brazos su querido amigo el Padre Balley, a quien lloró como si hubiese sido su padre. El, que era tan desprendido de las cosas materiales, hasta el fin de su vida tendría un pequeño espejo de mano que perteneció a su maestro y padre, porque él decía que "Había reflejado su rostro". Poco tiempo de la muerte del Padre Balley, M. Vianney fue asignado al pueblo de Ars, un pequeño y aislado pueblo donde se pensó que sus limitaciones intelectuales no podrían hacer mucho daño..

“Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal” Benedicto XVI


RECEMOS TODOS LOS DÍAS POR NUESTRO PÁRROCO

lunes, 5 de octubre de 2009

PADRE DAMIAN DE VEUSTER

EL PRÓXIMO DOMINGO 11 DE OCTUBRE EL SANTO PADRE BENEDICTO XVI CANONIZARÁ AL P. DAMIÁN DE VEUSTER. EN SU HOMENAJE PUBLICAMOS SU BIOGRAFÍA Y LA HISTORIA DEL MILAGRO QUE CONFIRMÓ SU SANTIDAD.
BENDITO SEA DIOS EN SUS SANTOS!!
RECUERDO HABER LEÍDO SU VIDA CUANDO ERA JOVENCITO Y EL AÚN NO ESTABA BEATIFICADO, TAL VEZ SU MODELO SACERDOTAL ME IMPULSÓ A DESCUBRIR ESTA HERMOSA VOCACIÓN.

El Padre Damián nació el 3 de enero de 1840, en Tremeloo, Bélgica.

De pequeño en la escuela ya gozaba haciendo como obras manuales, casitas como la de los misioneros en las selvas. Tenía ese deseo interior de ir un día a lejanas tierras a misionar.

De joven fue arrollado por una carroza, y se levantó sin ninguna herida. El médico que lo revisó exclamó: "Este muchacho tiene energías para emprender trabajos muy grandes".

Un día siendo apenas de ocho años dispuso irse con su hermanita a vivir como ermitaños en un bosque solitario, a dedicarse a la oración. El susto de la familia fue grande cuando notó su desaparición. Afortunadamente unos campesinos los encontraron por allá y los devolvieron a casa. La mamá se preguntaba: ¿qué será lo que a este niño le espera en el futuro?

De joven tuvo que trabajar muy duro en el campo para ayudar a sus padres que eran muy pobres. Esto le dio una gran fortaleza y lo hizo práctico en muchos trabajos de construcción, de albañilería y de cultivo de tierras, lo cual le iba a ser muy útil en la isla lejana donde más tarde iba a misionar.
A los 18 años lo enviaron a Bruselas (la capital) a estudiar, pero los compañeros se le burlaban por sus modos acampesinados que tenía de hablar y de comportarse. Al principio aguantó con paciencia, pero un día, cuando las burlas llegaron a extremos, agarró por los hombros a uno de los peores burladores y con él derribó a otros cuatro. Todos rieron, pero en adelante ya le tuvieron respeto y, pronto, con su amabilidad se ganó las simpatías de sus compañeros.

Religioso. A los 20 años escribió a sus padres pidiéndoles permiso para entrar de religioso en la comunidad de los sagrados Corazones. Su hermano Jorge se burlaba de él diciéndole que era mejor ganar dinero que dedicarse a ganar almas (el tal hermano perdió la fe más tarde).

Una gracia pedida y concedida. Muchas veces se arrodillaba ante la imagen del gran misionero, San Francisco Javier y le decía al santo: "Por favor alcánzame de Dios la gracia de ser un misionero, como tú". Y sucedió que a otro religioso de la comunidad le correspondía irse a misionar a las islas Hawai, pero se enfermó, y los superiores le pidieron a Damián que se fuera él de misionero. Eso era lo que más deseaba.

Su primera conquista. En 1863 zarpó hacia su lejana misión en el viaje se hizo sumamente amigo del capitán del barco, el cual le dijo: "yo nunca me confieso. soy mal católico, pero le digo que con usted si me confesaría". Damián le respondió: "Todavía no soy sacerdote pero espero un día, cuando ya sea sacerdote, tener el gusto de absolverle todos sus pecados". Años mas tarde esto se cumplirá de manera formidable.

Empieza su misión. Poco después de llegar a Honolulú, fue ordenado Damián_Igl_SanJosé.jpg (17713 bytes) sacerdote y enviado a una pequeña isla de Hawai. las Primeras noches las pasó debajo de una palmera, porque no tenía casa para vivir. Casi todos los habitantes de la isla eran protestantes. Con la ayuda de unos pocos campesinos católicos construyó una capilla con techo de paja; y allí empezó a celebrar y a catequizar. Luego se dedicó con tanto cariño a todas las gentes, que los protestantes se fueron pasando casi todos al catolicismo.

Fue visitando uno a uno todos los ranchos de la isla y acabando con muchas creencias supersticiosas de esas pobres gentes y reemplazándolas por las verdaderas creencias. Llevaba medicinas y lograba la curación de numerosos enfermos. Pero había por allí unos que eran incurables: eran los leprosos.

Molokai, la isla maldita. Como en las islas Hawai había muchos leprosos, los vecinos obtuvieron del gobierno que a todo enfermo de lepra lo desterraran a la isla de Molokai. Esta isla se convirtió en un infierno de dolor sin esperanza. Los pobres enfermos, perseguidos en cacerías humanas, eran olvidados allí y dejados sin auxilios ni ayudas. Para olvidar sus penas se dedicaban los hombres al alcoholismo y los vicios y las mujeres a toda clase de supersticiones.

Enterrado vivo. Al saber estas noticias el Padre Damián le pidió al Sr. Obispo que le permitiera irse a vivir con los leprosos de Molokai. Al Monseñor le parecía casi increíble esta petición, pero le concedió el permiso, y allá se fue.

En 1873 llego a la isla de los leprosos. Antes de partir había dicho : "Sé que voy a un perpetuo destierro, y que tarde o temprano me contagiaré de la lepra. Pero ningún sacrificio es demasiado grande si se hace por Cristo".
Los leprosos lo recibieron con inmensa alegría. La primera noche tuvo que dormir también debajo de una palmera, porque no había habitación preparada para él. Luego se dedicó a visitar a los enfermos. Morían muchos y los demás se hallaban desesperados.

Trabajo y distracción. El Padre Damián empezó a crear fuentes de trabajo para que los leprosos estuvieran distraídos. Luego organizó una banda de música. Fue recogiendo a los enfermos mas abandonados, y él mismo los atendía como abnegado enfermero. Enseñaba reglas de higiene y poco a poco transformó la isla convirtiéndola en un sitio agradable para vivir.

Pidiendo al extranjero. Empezó a escribir al extranjero, especialmente a Alemania, y de allá le llegaban buenos donativos. Varios barcos desembarcaban alimentos en las costas, los cuales el misionero repartía de manera equitativa. Y también le enviaban medicinas, y dinero para ayudar a los más pobres. Hasta los protestantes se conmovían con sus cartas y le enviaban donativos para sus leprosos.

Confesión a larga distancia. Pero como la gente creía que la lepra era contagiosa, el gobierno prohibió al Padre Damián salir de la isla y tratar con los que pasaban por allí en los barcos. Y el sacerdote llevaba años sin poder confesarse. Entonces un día, al acercarse un barco que llevaba provisiones para los leprosos, el santo sacerdote se subió a una lancha y casi pegado al barco pidió a un sacerdote que allí viajaba, que lo confesara. Y a grito entero hizo desde allí su única y última confesión, y recibió la absolución de sus faltas.

Haciendo de todo. Como esas gentes no tenían casi dedos, ni manos, el Padre Damián les hacía él mismo el ataúd a los muertos, les cavaba la sepultura y fabricaba luego como un buen carpintero la cruz para sus tumbas. Preparaba sanas diversiones para alejar el aburrimiento, y cuando llegaban los huracanes y destruían los pobres ranchos, él en persona iba a ayudar a reconstruirlos.

Leproso para siempre. El santo para no demostrar desprecio a sus queridos leprosos, aceptaba fumar en la pipa que ellos habían usado. Los saludaba dándoles la mano. Compartía con ellos en todas las acciones del día. Y sucedió lo que tenía que suceder: que se contagió de la lepra. Y vino a saberlo de manera inesperada.

La señal fatal. Un día metió el pie en un una vasija que tenía agua sumamente caliente, y él no sintió nada. Entonces se dió cuenta de que estaba leproso. Enseguida se arrodilló ante un crucifijo y exclamó: "Señor. por amor a Ti y por la salvación de estos hijos tuyos, acepté esta terrible realidad. La enfermedad me ira carcomiendo el cuerpo, pero me alegra el pensar que cada día en que me encuentre más enfermo en la tierra, estaré más cerca de Ti para el cielo".

La enfermedad se fue extendiendo prontamente por su cuerpo. Los enfermos comentaban: "Qué elegante era el Padre Damián cuando llegó a vivir con nosotros, y que deforme lo ha puesto la enfermedad". Pero él añadía: "No importa que el cuerpo se vaya volviendo deforme y feo, si el alma se va volviendo hermosa y agradable a Dios".

Sorpresa final. Poco antes de que el gran sacerdote muriera, llegó a Molokai un barco. Era el del capitán que lo había traído cuando llegó de misionero. En aquél viaje le había dicho que con el único sacerdote con el cual se confesaría sería con él. Y ahora, el capitán venía expresamente a confesarse con el Padre Damián. Desde entonces la vida de este hombre de mar cambió y mejoró notablemente. También un hombre que había escrito calumniando al santo sacerdote llegó a pedirle perdón y se convirtió al catolicismo.

Y el 15 de abril de 1889 "el leproso voluntario", el Apóstol de los Leprosos, voló al cielo a recibir el premio tan merecido por su admirable caridad.
En 1994 el Papa Juan Pablo II, después de haber comprobado milagros obtenidos por la intercesión de este gran misionero, lo declaró beato, y patrono de los que trabajan entre los enfermos de lepra.

MILAGRO

HONOLULU, lunes 5 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- “Nadie ha sobrevivido a este cáncer. Esta enfermedad se la llevará”. Estas fueron las palabras del doctor Walter Chang a Audrey Toguchi en 1997. Científicamente no había nada qué hacer por ella.

Su curación fue el milagro decisivo para la canonización de padre Damian de Veuster, que tendrá lugar el próximo 11 de octubre, en una ceremonia presidida por el Papa Benedicto XVI en la Plaza de San Pedro en el Vaticano.

El padre Damian, miembro de la congregación de los Sagrados Corazones, conocido también como el Apóstol de los leprosos, nació en Bélgica en el año de 1840. A los 33 años se trasladó a la isla de Molokai (Hawaii), donde vivían los leprosos de manera aislada.

Privándose de todo, el sacerdote permaneció allí sirviendo, catequizando y administrando sacramentos a quienes habían contraído esta enfermedad. Fue contagiado de lepra y murió en 1899. El Papa Juan Pablo II lo beatificó en 1995.

Cáncer terminal

En 1996 Audrey, original de la Isla Oahu en el archipiélago de Hawaii, tenía 69 años. “No tenía ni idea que tenía cancer.”, testimonia en diálogo con ZENIT.

”Mi esposo me notó un bulto después de una caída – había resbalado días atrás, mientras limpiaba el piso de su casa - El doctor de la familia dijo que se trataba de un hematoma”.

Al año siguiente, el hematoma no había desaparecido. Al contrario, había crecido. Se sometió a nuevos exámenes y le descubrieron un liposarcoma en el muslo izquierdo. Se trataba de un cáncer maligno.

Se sometió un año después a una cirugía pero el cáncer ya se había esparcido. “Fue el cirujano quien descubrió, al extirparlo, que resultaba ser un cáncer terminal muy raro y agresivo”, comenta esta mujer.

“Otros oncólogos que estudiaron el caso dijeron que no había en el mundo ningún registro médico sobre una persona que hubiera sobrevivido a este tipo de enfermedad”, asegura.

Durante otro control, realizado en septiembre de 1998, las radiografías revelaron que el cáncer había hecho metástasis en los pulmones. Los médicos le diagnosticaron tres meses de vida.

Se sentía débil. No quiso quimioterapias ni más intervenciones médicas. Acudió así a una devoción que tiene desde niña, como buena hawaiana: “Siempre he querido al Padre Damian”, dice.

“Le he rezado toda mi vida. Por eso visité Kalawao (donde se encuentra su tumba), Molokai y nuestras iglesias durante muchos años”.

En noviembre de 1998, Adruey comenzó a sentir una gran mejoría. Los exámenes médicos demostraron que el cáncer estaba disminuyendo. Seis meses más tarde, según una exploración con rayos X, había una completa regresión de la metástasis sin haber usado ninguna terapia. El cáncer desapareció en un cien por ciento.

Mientras que para los médicos no hay explicación – lo dice su mismo doctor, que no es católico - para Audrey no hay duda que fue la mano de Damian desde el cielo, intercediendo ante Dios. Fueron muchas las plegarias que durante, años tanto ella como sus familiares hicieron al beato apóstol.

“Cuando quedé completamente curada por el amor del Señor y la intercesión del padre Damian, me sentí muy honrada y agradecida”, dice esta mujer.

El 18 de octubre 2007, los Peritos Médicos de la Congregación para la Causa de los Santos examinaron los documentos clínicos. Como se procede siempre cuando se busca una canonización, creyentes y no creyentes concluyeron con certeza moral que la curación no es solo excepcional sino “extranatural”.

Después, la Comisión de Teólogos determinó que se trataba de un milagro, alcanzado por la intercesión de Damián, requisito indispensable para que reciba el título de santo.

Toguchi habla de cómo el testimonio del padre Damian todavía hace mella en su pueblo: “Abandonó Bélgica cuando era muy joven. Era el pastor de los hawaiianos de todas las religiones, porque todos somos hijos de Dios. Aprendió y respetó la cultura hawaiana. Su figura es muy venerada entre nosotros. Ahora, después de 120 años, aún es muy querido aquí”.

Audrey Toguchi tiene hoy 82 años. De cabello blanco y lentes, muestra un rostro y una voz serenas, está llena de vitalidad. Asegura que, obviamente, viajará en Roma para la ceremonia de canonización.

Y concluyó su diálogo con ZENIT asegurando: “el presidente Abraham Lincoln, en 1860, dijo que Dios amaba a las personas corrientes porque se hizo una de ellas”.

“Yo soy una persona muy corriente. En su compasiva misericordia Dios me sanó y el padre Damian, que mostró un gran amor a los más rechazados de la humanidad, intercedió por mí”.

FUENTES EWTN Y ZENIT

lunes, 6 de julio de 2009

SANTA MARÍA GORETTI, Virgen y Mártir


6 de Julio

La de María Goretti, ha. sido una vida que siempre me impactó. En estos tiempos en que los valores se han perdido y los jóvenes no encuentran modelos válidos de vida, la Santa de la Pureza es como un faro encendido en la oscuridad.
Los invito a conocer algo de su vida.


Santa María Goretti nació en Corinaldo, Italia el 16 de octubre de 1890 hija de Luis Goretti y Assunta Carlini, ambos campesinos. María fue la segunda de seis hijo.

Vivió en el seno de una familia humilde y perdió a su padre a los diez años por causa del paludismo.

Como consecuencia de la muerte de su padre, la madre de María Goretti tuvo que trabajar dejando la casa y los hermanos menores a cargo de ésta quien realizaba sus obligaciones con alegría y cada semana asistía a clases de catecismo.

A los once años hizo su primera comunión haciéndose, desde entonces, el firme propósito de morir antes que cometer un pecado.

En la misma finca donde vivía María trabajaba Alejandro Serenelli, quien se enamoró de María que en ese entonces contaba con doce años.

Serenelli, a causa de lecturas impuras, se dedicó a buscar a María haciéndole propuestas que la santa rechazaba haciendo que Serenelli se sintiera despreciado.

El 5 de julio de 1902 Serenelli fue en busca de María quien estaba sola en su casa y al encontrarla la invitó a ir a una recámara de la casa a lo que María se negó por lo que aquél se vio obligado a forzarla.

María se negaba advirtiéndole a Serenelli que lo que pretendía era pecado y que no accedería a sus pretensiones por lo que éste la atacó con un cuchillo clavándoselo catorce veces.

María no murió inmediatamente, fue trasladada a la hospital de San Juan de Dios donde los médicos la operaron sin antestcia porque no había y durante dos horas la santa soportó el sufrimiento ofreciéndo a Dios sus dolores.

Antes de morir, un día después del ataque, María alcanzó a recibir la comunión y la unción de los enfermos e hizo público su perdón a Serenelli.

El asesino fue condenado a 30 años de prisión donde al principio no daba muestras de arrepentimiento. La tradición cuenta que después de un sueño donde María le dijo que él también podía ir al cielo, Serenelli cambió completamente volviéndose hacia Dios y ofreciendo sus trabajos y sufrimientos en reparación de sus pecados.

Después de 27 años de cárcel fue liberado y acudió a pedir perdón a la madre de la santa, quien no solo lo perdonó sino que lo defendió en público alegando que si Dios y su hija lo habían perdonado, ella no tenía porque no perdonarlo.

La fama de María Goretti se extendía cada vez más y fueron apareciendo las muestras de santidad, que fue fruto de su cercanía a Dios y su devoción a laVirgen María.

Después de numerosos estudios, la Santa Sede la canonizó el 24 de junio de 1950 en una ceremonia que se tuvo que realizar en la Plaza de San Pedro debido a la cantidad de asistentes que se calculaban en más de quinientas mil personas.

En la ceremonia de canonización acompañaron a Pío XII la madre, dos hermanas y un hermano de María. Durante esta ceremonia Su Santidad Pío XII exhaltó la virtud de la santa y sus estudiosos afirman que por la vida que llevó aún cuando no hubiera sido mártir habría merecido ser declarada santa.

lunes, 18 de mayo de 2009

NIÑOS SANTOS. Antonietta Meo, Nennolina

Durante una charla con el Sr. Obispo, me contó la historia de Antonietta Meo, Nennolina, quién con sólo 6 años de edad, murió con fama de santidad. Sus restos descansan desde 1999 en la Iglesia Parroquial de la Santa Cruz en Jerusalén, en Roma, donde se encuentra la reliquia de la Santa Cruz, muy cerquita de la Basílica de san Giovanni in Laterano, un lugar que tuve el privilegio de conocer.
Como me atrajo mucho la historia del Obispo, que visitó la tumba de Nennolina, acá va esta pequeña reseña:
Nació el 15 de diciembre de 1930 y falleció el 3 de julio de 1937.
En el 1941, la Juventus Femenina de AC promuove la causa de beatificación de Nennolina por el deseo manifestado de Armida Barelli, en aquel momento Presidente Nacional.
El proceso de beatificación, abierto en el 1942, concluye la fase diocesana en el 1972. Pero justo por el motivo de la edad, encontrándose en el límite de aquella que es considerada la edad de la razón, ha creado perplejidad en los que han examinado su caso y no pocas dificultades en el desarrollo del proceso.

Aunque ninguna ley canónica determina en efecto el límite de edad para aquellos a quién se quiere instituir el proceso de beatificación, solamente en el 1981, a través de la Declaración de la Sagrada Congregación de las causas de los santos, la Iglesia ha reconocido plenamente que también los niños pueden cumplir actos eroícos de fe, esperanza y caridad, y pueden por lo tanto ser elevados al honor de los altares.

Antonietta Meo ha recibido el don de vivir fielmente su vocación. Un don por el cuál ha respondido con el acogimiento y la fidelidad típicos de su edad. Con su existencia ha evidenciado un nuevo tipo de santidad en la historia de la Iglesia, posible en todas las edades. Una santidad reconocida antes que por la Iglesia Oficial, por el pueblo de Dios.
Actualmente està todo en las manos de la Sagrada Congregaciòn de las causas de los santos.

Nennolina: la Sierva de Dios.

«Hablamos luego del Paraíso - recuerda la mamá - y dijo: "yo en el Paraíso no me divertiré; quiero trabajar para las almas". "Ya - le respondí - como S. Teresita, que prometió una lluvia de rosas... y tú qué vas a hacer caer?". Mirando fijo en el vacío respondió: yo haré caer una lluvia de azucenas"».

Nennolina desaparece cuando tenía solo seis años y medio. Muchas conversiones y gracias seguirán a su muerte. Billetitos de oraciones y de agradecimientos cubrirán su tumba en el cementerio del Verano. En el curso de un año ya son publicadas dos biografías suyas. Otras aparecerán en muchos otros idiomas en los años siguientes.

En diciembre de 1938, el padre pide que la piernita amputada y enterrada sea reunida a los restos: 31 meses después de la amputación y dieciséis de la muerte de Antonietta, el miembro articulado se encuentra completamente intacto. Colocado en una cajita es puesto junto al ataùd con el cuerpo.

La fama de santidad de Nennolina se divulga tan espontànea e inmediatamente que sobrepasa no solo los confines de su Parroquia de la Santa Cruz en Jerusalén, sino también los confines de Roma y de Italia.

«He aquí la obra extraordinaria de Dios! La gracia de Dios escoje a las almas como quiere». Este es el comentario, a propósito de las cartas, de Padre Pierotti, que fue el primero que se encargó de la edición en el 1951. Valiosas también en el Prefacio, las palabras de Padre Agostino Gemelli: «En el caso de Antonietta Meo...es evidente la obra de Dios. Solo así se explican las frases, los juegos, el comportamiento, toda la vida de Nennolina».

«De verdad el Señor ludit in orbe terrarum - escribió el futuro Paolo VI , en aquél momento Secretario de Estado, leyendo la biografía y las cartas de Antonietta Meo -y obrando en las almas por las vías más misteriosas, conceda a muchos de penetrar, a través de la lectura de la vida de esta niña de casi siete años, el misterio de aquél saber, que se esconde a los soberbios y se revela a los más pequeños».

Cuando todavía estaba viva se recurría a la oración de Antonietta como a la oración de una niña que sufría tanto. Después de su muerte se comenzó a buscar su intercesión. Su profecía, «Yo haré caer una lluvia de azucenas», continúa realizándose. Las intervenciones milagrosas se subsiguen.

Mientras el proceso de afirmación de las virtudes sigue adelante, se multiplican las manifestaciones de reconocimiento. Por unos años, el interés pareció disminuir, luego de improviso brotó más vivo que nunca. A la Basílica de la Santa Cruz en Jerusalén llegan solicitudes de imágenes y de reliquias.

Y exactamente en la Basílica que custodia las reliquias de la Pasión de Jesús, fueron trasladados también sus restos mortales. Era el día 5 de julio del 1999, después de 62 años exactos del día de su funeral.

Si el proceso se desenvolverá rápidamente, esta niña romana será pronto la más joven de las santas, no mártir, elevada a los honores de los altares, la más joven en la historia de la cristianidad.

A la vida de Nennolina fueron aproximadas estas palabras de San Agostino:

«Señor Dios, no te pregunto por qué me la quitaste; te agradezco por habermela dado y por el tiempo que la tuve.

Quiera Dios que pronto la veamos en los Altares!!!
Para conocer más de su vida pueden entrar en
http://www.aciprensa.com/vejemplares/nennolina.htm
o http://www.youtube.com/watch?v=3GR2fZtDx6k

viernes, 15 de mayo de 2009

SAN MATIAS, APÓSTOL

Cuando leemos en la Sagrada Escritura la vida, vocación y elección de los Apóstoles, podemos descubrir cómo el Señor hizo realidad su proyecto salvífico para la humanidad partiendo de la misma condición humana.
Hombres entre los hombres, elegidos por Dios, los Apóstoles fueron testigos privilegiados del amor del Señor, porque vivieron con Él, sufrieron con Él y se alegraron con Él.
La experiencia apostólica es la de quienes habiendo vivido durante su ministerio público con Jesús, lo vieron resucitar. Y si lo vieron resucitar es porque antes lo vieron morir.
El caso de san Matías es muy especial. Su vocación y elección nos dejan muchas enseñanzas para comprender cómo actúa Dios en la historia y en su Iglesia.
Cuando Judas decidió rechazar la misericordia de Dios (y este fue su peor pecado), era necesario completar el número de los doce.
Pedro, podría haber elegido por su propia iniciativa al reemplazante. Sin embargo, en un acto verdaderamente colegial, sinodal, decidió que todos los hermanos participaran.
La condición que ponen es que fuera uno que había estado con ellos durante el ministerio Público de Jesús. Es decir uno que fuera testigo de la vida, muerte y resurrección del Señor. El Apóstol es testigo.
Aparecen dos candidatos. Uno lleno de títulos y el otro sólo presentado por su nombre.
Echaron suerte, en esto veo la confianza en el Espíritu Santo. Ellos podían tener muchas opiniones y por qué no encontradas, pero sabían que la decisión final era del Espíritu. Porque en definitiva el Espíritu es el que elige. Y aquí encontramos otra enseñanza importante. Dios obra por medios humanos. Es la consecuencia lógica de la encarnación. Pero hay algo más que nos debe llenar de alegría y consuelo, sobre todo a quienes participamos del ministerio apostólico, Dios confía en el hombre. Su Iglesia es una Iglesia de hombres, una comunidad de hombres, y si bien Él es quien la conduce por su Espíritu, no deja de poner su confianza en los hombres. Y en su elección no hace acepción de personas. La única condicioón es la de ser testigo.
Esa misma confianza es la que pone Dios hoy en la elección de sus ministros. Él llama pero es la Iglesia la que discierne las vocaciones y carismas y decide conferir los ministerios. Tarea no siempre fácil de realizar. Quienes tenemos la responsabilidad de asistir al Obispo en esa misión, sabemos que no siempre es fácil, sobre todo cuando se juegan valores tan importantes.
La condición sigue siendo la misma: la de ser testigos. Hoy no ya por haber compartido la vida pública de Jesús, sino la de haber visto y oído con los ojos y los oídos de la fe. Los que estuvieron con Jesús, compartiendo su vida y sobre todo sus sentimientos a lo largo de una primera formación inicial en el camino del Maestro.
En el Evangelio Jesús nos invita a amarnos como Él mismo nos amó. Es decir que el testimonio que nos pide, además de la fe en la resurrección, es la del amor. Somos testigos del amor de Dios. No de un amor hecho de palabras sino de obras y verdad. Un amor crucificado que lo dejó todo por los hombres.
Me parece, y lo digo con mucha humildad, que la nueva evangelización debe pasar por el amor. En un mundo que desconoce el verdadero amor, nosotros estamos llamados a ser testigos del amor. Uno de los errores que humanamente podemos cometer, es el de olvidarnos de presentarle a los hombres y mujeres de nuestro tiempo el amor de Dios.
A veces caemos y la misma gente nos puede hacer caer en el error de predicar doctrinas, dogmas, prácticas morales, sin haber presentado antes el amor de Dios. Antes podía ser el miedo el que acercara a los hombres a Dios. Hoy, ya nadie tiene miedo. La libertad mal entendida ha llevado a cada uno a vivir a su antojo. Pero contra el amor nadie puede, porque el hombre vive del amor.
Deberíamos pensar cómo poder expresar lo que hemos recibido gratuitamente a aquellos que buscan a Dios. Me pregunto y cuestiono muchas veces si nuestros planes pastorales, nuestra catequesis, parten de esa realidad tan profunda y enriquecedora.
Cuando escuchamos al Benedicto XVI defender la dignidad humana a pesar de las persecuciones en su contra, podemos experimentar su profundo amor por la humanidad, el mismo amor de Jesús que perdonó y salvó a sus propios perseguidores. Por eso el Papa no calla, porque predica el amor y nadie puede callar al amor.
Madre Teresa decia que se equivocaban los que creían que su vocación era atender a los pobres, porque su vocación era amar a Jesús y en Jesús a la humanidad toda. Ella comentaba que si hubiera tenido que atender a un leproso por dinero, la enfermedad le produciría una gran repugnancia, pero al hacerlo por amor a Dios, la llenaba de felicidad.
Por eso podríamos decir que Matías y los demás Apóstoles y discípulos eran testigos del Amor Misericordioso de Dios.
Monseñor Martini nos enseña permanentemente esa verdad. Como Apóstol de nuestra Iglesia diocesana nos recuerda siempre en sus cartas que "DIOS ES AMOR".